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Archive for the ‘racismo – español’ Category

Ser migrante secuestrado

8 gennaio 2011 Lascia un commento
El presente artículo fue publicado en el periodico mexicano La Jornada el día 8 de enero de 2011.
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“Las redes de tráfico de personas tienen sus abogados. Hay testimonios de migrantes que afirman que hay una vasta red, muy bien organizada, para atender todo tipo de problema y situación. Las redes de tráfico de personas son muy grandes, muy poderosas y lamentablemente la mayoría de los centros de derechos humanos que tocan el tema migratorio no se meten con ellas, no porque no las ven, sino porque las temen, pues puede haber represalias, inclusive muy pesadas. Un abogado mexicano en materia migratoria me dijo lo anterior sólo unas semanas después de que se descubriera la matanza de 72 migrantes en Tamaulipas el pasado 24 de agosto. El abogado, quien pidió mantener el anonimato, insistió mucho en los peligros que conlleva hablar del tema. La trata de personas es el tercer rubro por dividendos económicos del negocio para la delincuencia organizada. Después de la droga y el tráfico de migrantes viene la trata de personas. Añadió que las redes que manejan este negocio vienen de las altas esferas que tienen corrompidas a todas las cadenas del poder público.
Lo mismo en el secuestro. Es casi imposible cruzar México sin encontrarse con alguien procedente de estas redes: desde los asaltos a los trenes hasta el secuestro. No hay migrante que no conozca esta realidad, ya sea por experiencia directa o por haberla escuchado de algún compañero suyo. Muchas veces, las organizaciones infiltran los grupos de migrantes para conocerlos, para hacerse de clientes o para ubicar a posibles secuestrados. Y admitió: “Los migrantes a veces entran en roles de complicidad con su pollero o, inclusive, su secuestrador. En algunos casos para preservar literalmente la vida, en otros casos simplemente para salvaguardar la esperanza de llegar a su destino final. En otros casos, para proteger la vida de las familias de origen que son conocidas por los polleros”.
El abogado tocó algunos aspectos sobre los que conviene profundizar. Antes que todo la diferencia sustancial entre el tráfico de migrantes y la trata de personas. Mientras el primero goza, por así decirlo, del consentimiento del migrante quien busca, negocia y contrata los servicios de los polleros; la segunda, la trata, es una práctica que engaña al migrante y termina explotándolo, ya sea reduciéndolo en un esclavo al servicio de alguna producción lícita o ilícita, ya sea secuestrándolo y convirtiéndolo en ficha de cambio para una buena ganancia.
Los datos recientemente presentados por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) hablan de cerca de 20 mil migrantes secuestrados en 2010. Dichos datos, recopilados sobre todo gracias a la ayuda del trabajo de base realizado por decenas de integrantes de la sociedad civil organizada en favor de los derechos de las y los migrantes en todo el territorio mexicano, hablan de una realidad cruel y que, al parecer, no está teniendo freno alguno. A los números anteriores hay que añadir un aumento neto de 30 por ciento (respecto de 2009) del número de denuncias relativas a violaciones a los derechos de las y los migrantes en el último año. La situación es grave: lo demuestra inclusive la última denuncia en orden de tiempo (16 de diciembre pasado) acerca de los 40 secuestrados en el estado de Oaxaca.
Otro aspecto que el abogado mexicano me reveló es la complicidad que existiría entre secuestradores y autoridades de todos los niveles. La notoria corrupción y complicidad de las autoridades deja de ser un dato folclórico e ineludible del quehacer político y colectivo en nuestro país, y se convierte en una tremenda realidad difícil de enfrentar. Las madres hondureñas de la sexta Caravana de Madres Centroamericanas, organizada por la Red de Comités de Migrantes y Familiares de Honduras (Red Comifa), que visitó México a principios de noviembre, señalaron un problema muy sencillo: No sabemos en quién confiar, pues aunque las autoridades mexicana
s nos han recibido muy bien y nieguen su participación en los secuestros, nuestros hijos, hermanos, padres y amigos que migran y logran llegar o regresar a nuestro país dicen que es imposible saber quién es el secuestrador y quién el policía, pues la mayoría de las veces éstos coinciden.
Por último, el abogado en materia migratoria denunció el grande temor que genera el tema entre los que, a diferente título, se ocupan, desde abajo, de apoyar a los migrantes. Es evidente, pues, que estas redes de trata (y secuestro) de migrantes logran su cometido, gracias no sólo a las complicidades con las que cuentan, sino también gracias al grande miedo que logran infundir en la sociedad civil. A la luz de esto, resulta totalmente inútil hacer rodar cabezas de funcionarios tras el escándalo, así como de poco serviría reformar leyes para ofrecer mayor protección a los luchadores por los derechos humanos.
Lo que sí resulta apremiante es realizar una reflexión estratégica e integral que rompa definitivamente el vínculo migración indocumentada-ilegalidad-explotación. Es evidente, como en el caso de las substancia ilícitas (llamadas drogas), que sólo un camino de paulatina y estudiada legalización (y despenalización) puede substraer materia de trabajo a traficantes de cualquier tamaño, origen o puesto. Abrir caminos de migración segura y legal es la única, radical e integral manera de permitir a los seres humanos gozar de su derecho a desplazarse en plena seguridad y respeto a sus derechos.
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Ser migrante gitano

29 agosto 2010 Lascia un commento

El presente artículo fue publicado en el periodico mexicano La Jornada el día 29 de agosto de 2010
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Se reanuda en estas semanas la ola de racismo y violencia institucional en contra de las poblaciones gitanas del viejo continente. Las poblaciones rom y sinti –las dos mayores etnias gitanas–, que contarían al menos a 12 millones de personas en Europa, según estimaciones de la Comisión Europea, son hoy víctimas de la campaña xenófoba del gobierno francés de Nicolas Sarkozy. Hace un par de años fue el gobierno italiano, hoy es el país de igualdad, fraternidad y libertad el que niega sus orígenes formales e imprime toda la violencia derivada de la crisis que lo atraviesa sobre la población gitana, desde siempre objeto de persecución por su naturaleza incomprendida.

El pretexto formal para las deportaciones de estas semanas es siempre el mismo: seguridad. Y aunque las críticas no hayan faltado –tanto por parte de las instituciones de la Unión Europea (UE) como por la Iglesia católica, la ONU y el amplio abanico de organizaciones pro migrantes–, Sarkozy insiste en expulsar y deportar cientos de ciudadanos de Bulgaria y Rumania –y por ende ciudadanos europeos– bajo la excusa del supuesto carácter ‘criminal’ de estos ciudadanos: las expulsiones son legales, pues se puede restringir el derecho a la libre circulación (de los ciudadanos europeos) por razones de orden público, seguridad y salud, se responde desde París a las críticas. Y desde Bruselas se declara que el caso se está estudiando con atención. Claro, mientras los burócratas europeos encuentren la razón legal de tanta infamia institucional, el daño ya estará cumplido: al menos 700 ciudadanos gitanos –según el programa francés– serán alejados de sus vidas en tierras gálicas y regresados a un futuro anterior en sus tierras de origen.

Al contrario de la mayoría de los gobierno de la UE, el gobierno italiano hoy festeja pues finalmente encuentra un socio digno de sus violencias. El ministro de Interiores italiano, el racista Roberto Maroni, criticado acremente hace dos años por las expulsiones de gitanos desde Italia, hoy festeja y reivindica la patria potestad de la medida francesa. Tiene razón Sarkozy, advierte, pues no está haciendo nada más que copiar a Italia. Es más, Maroni insiste con su vieja idea: Hay que hacer más, es decir llegar a las expulsiones de los ciudadanos comunitarios (de la UE) que no respeten las reglas de legal estancia.

Exagerado. Aún así el italiano corre el riesgo que su tesis pegue y tenga el éxito necesario, sino en sede legislativa, al menos ahí en donde la crisis hoy está llevando sus mayores consecuencias: en el estomago de la vieja Europa, hambrienta hoy como lo fue hace menos de un siglo de un enemigo a quien golpear. Se desbarata y finalmente se desvanece así la validez del criterio jurídico y social de acceso a los derechos contemplado en la idea originaria que separaba a los ciudadanos de la unión de los ciudadanos de países terceros. Ya era discutible esa postura, hoy la creación de ciudadanos de segunda (los gitanos y los criminales) rompe inclusive ese postulado de la ciudadanía europea. Así las cosas, la Europa de la integración y la cohesión social, la misma que invirtió 17 mil 500 millones de euros para el periodo 2007-2013 justamente en la integración de los gitanos en 12 países de la UE, es continuamente rebasada y vencida por la Europa policiaca de la seguridad a cualquier precio.

Si el precio se cobra a las poblaciones gitanas parece ser inclusive una ventaja. Esta población ha sufrido las peores persecuciones de la historia y son tales justamente porque, proporcionalmente, nadie las recuerda y, al contrario, casi las justifica. Justificación por prejuicios contra una población sumamente incomprendida por su supuesta diversidad. Suposición a su vez fundamentadas sobre enormes equivocaciones como la que pretende que estas personas tienen la vocación cultural de no quedarse en ningún lugar. La verdad es que los gitanos viven en un mundo en el que no existe proyecto alguno de integración –y comprensión– justamente porque su vida se escapa aún demasiado de todas las categorías previstas. Una población frágil que muchos prejuicios que la rodean obligaron a tener un estilo de vida peculiar. Por lo anterior, los gitanos se convierten en el sujeto más fácil y cómodo para la construcción de chivos expiatorios por sacrificar en el momento más adecuado: campañas electorales, escándalos de palacio, frustración social acumulada, etcétera. Es difícil de creer que en 2010, tras el terrible pasado de Europa en el terreno del racismo y la intolerancia, es todavía posible criminalizar a una etnia entera a través de su señalamiento en cuanto problema social.

Y sin embargo, asusta aún más la ausencia más o menos absoluta de algún tipo de reacción por parte de los otros ciudadanos europeos. La indiferencia o inclusive el beneplácito frente a las acciones de la policía francesa hoy, italiana ayer, mas europea en general, deja sin palabras al más optimista de los analistas. Este parece ser el presente europeo: no sentirse nunca responsables de alguna manera del destino ajeno porque demasiados ocupados en defender el propio sin siquiera entender que existe una interdependencia que no se puede borrar. Hasta que no llegaran a nuestras casas, podría uno decir, y entonces descubriremos que ya no habrá nadie que se preocupe y proteste por nuestro destino.

Violencia contra los migrantes en México

1 agosto 2010 Lascia un commento

El presente artículo fue publicado en el portál mexicano Desinformémonos el día 1 de agosto de 2010
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Tapachula, Chiapas, México. En la frontera sur de México los migrantes sufren las consecuencias de una ley no escrita que involucra autoridades locales y federales, delincuencia organizada y hasta el ciudadano “de a pie” que encuentra en los ciudadanos migrantes fuente de todo tipo de provecho.

No hay números, no hay estadísticas. No es posible saber cuántos seres humanos cruzan esta frontera, y el número de migrantes que mueren todos los días es un dato que quizás nadie nunca sabrá. Por un lado, los datos oficiales del Instituto Nacional de Migración (INM) no alcanzan a interceptar a todas las personas que de aquí transitan rumbo a los Estados Unidos (EU). Por el otro, aquí el territorio está dividido por una frontera pero pocos asumen la diferencia y la diversidad que esa línea implicaría. Aquí todos pasan, de un lado a otro y viceversa: por sólo 2 dólares, la balsa cruza el río Suchiate y nadie – ni las autoridades mexicanas que vigilan desde el puente – te pide los papeles.

“Quiero ir a Estados Unidos”

Fermina Rodríguez Velasco, coordinadora del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova (CDHFMC) que opera desde 1997 en la ciudad del sur de Chiapas, afirma que Tapachula ya no es el centro de concentración de migrantes que era antes. El paso del huracán Stan en 2005 arrastró las vías del tren que iban de Tapachula hasta el norte del estado, a la ciudad de Arriaga, y esto “descentralizó los flujos migratorios a otras zonas”. A pesar de lo anterior, por aquí siguen pasando cientos de personas todos los días.

En la Casa del Migrante en Tapachula, perteneciente a la Red Casa del Migrante Scalabrini, se hospedan decenas de migrantes que aquí encuentran un techo y un cobijo en su viaje hacia el norte. Reunidos en la calle frente a las instalaciones del albergue, hondureños y salvadoreños sobre todo, esperan seguir en su ruta, que alguien pase por ellos y los contrate para algún trabajo temporal o, simplemente, descansan pensando en el futuro.

Hay muchas ganas de hablar, de contar, de confrontar historias y vivencias. Y no hay competencia: nadie sufrió más, nadie es más experto. Los cigarros que circulan se comparten, la botella de refresco también. La poca comida que llega o que se consigue se distribuye entre todos. Y así, la plática fluye y los migrantes comienzan a contar sus historias.

“Soy Francisco, de Honduras, y estoy aquí porque quiero ir a Estados Unidos”. Cuenta que lo asaltaron y le quitaron el dinero que tenía para el pasaje y ahora “ando consiguiendo para seguir”.

Los asaltantes, explica, estaban vestidos de civil y lo despojaron de todos sus haberes cuando estaba en el tren: “Con machetes nos bajaron del tren y nos quitaron todo. Quien se resistía, lo agarraban a golpes”. Francisco regresó a Tapachula para poder “resolver el asunto migratorio y luego seguir mi recorrido con el tren”.

Ernesto es ciudadano de El Salvador: “Estoy aquí rumbo a los Estados Unidos”. De los peligros del viaje, Ernesto cuenta: “Mira, a uno lo asaltan cuando sale de su país. Luego en la frontera con Guatemala, la policía te pide dinero para dejarte pasar y finalmente hay asaltantes que te quitan el dinero del pasaje, que te ha costado tanto tiempo reunir”.

Ernesto ya estuvo en Estados Unidos trabajando como empleado doméstico en Minnesota. “La migra te cae en la empresa donde trabajas. A mí me sacaron tres veces, y me regresaron hasta mi país”. La última vez que salió de El Salvador fue hace 8 meses y logró llegar hasta la frontera norte de México “pero ahí me agarro la migra mexicana y me encerraron en la estación migratoria, allá en México”. Y añade: “Mi familia dice que estoy loco, pero yo tengo que intentarlo”.

Alberto, de Honduras, se juntó con otros dos hondureños “para que sea más fácil el viaje”. Para conseguir el pasaje, cuenta, “hay que ir andando de un pueblo a otro, trabajar un poco, seguir pasando las montañas, evadiendo los retenes. Es largo el camino”. Sin tren, cuenta, pasar por Tapachula ya no es fácil y hay que viajar con el transporte público. “Aquí nadie te regala el pasaje, hay que tener hasta para pagar la combi. A veces es el mismo chofer que te asalta o te denuncia a la migra. Uno la puede pasar de mexicano, pero a la hora que te piden tu identificación ya valiste”.

Roger Medina Díaz, de 30 años de edad, salió de Honduras hace doce años. “Ya estuve 8 años en New York, de 1999 hasta 2007, cuando me deportaron. Viví en Honduras un rato y ahora lo intento otra vez”. Comenta que ya conoce un poco México: San Luis, Nuevo Laredo, Saltillo, Puebla, y la localidad de Lechería, en el Estado de México, famoso cruce de trenes rumbo al norte. “Lo seguiré intentando, hasta lograrlo”, dice.

“No voltees hacia atrás”

La violencia de la que son objeto los migrantes en México es otro tema que los testimonios tocan con frecuencia. Adolfo, procedente de Honduras, acaba de llegar a la ciudad. “Tengo 30 años”, se presenta. El día anterior a su llegada, denuncia, fue asaltado en Tecún Umán (ciudad fronteriza de Guatemala separada de Ciudad Hidalgo por el río Suchiate). “Me asaltaron al cruzar con la balsa. Hay gente que pide más de la cuenta, pues son 10 quetzales (cerca de 2 dólares)…y nada, me quitaron todo lo que tenía”. Comenta que “es un negocio lo que tienen ahí y sí (el negocio) les da, porque se chingan a la mayoría”.

No es su primer viaje, aclara. En 1997, le tocó “ver una ‘acción’: un chavo llevaba a su hermana y la muchacha no se quiso dejar agarrar y estaba un bato (muchacho) con la escopeta, así – simula tener un arma y apunta al aire-y le disparó. La mató. El hermano se metió y a él también lo mataron. Eso sucedió antes de llegar a Arriaga, aquí en Chiapas”. Su rostro se entristece un momento. Luego continúa: “Que nadie voltee a ver atrás, nos gritaron. Y nadie volteó y los 11 que íbamos seguimos hacia adelante, pues el tren estaba por salir rumbo al norte”.

Entre la violencia, se encuentran abusos de todo tipo. “La primera vez que crucé aquí, en Tecún Umán”, recuerda Luis, migrante de El Salvador, “no conocía a nada y me dijo él de la ‘cámara’ (la balsa construida con cámaras de llanta) ¿Ves aquel de allá? Le respondo que sí. Pues – me contesta – si no me das tanto te entrego a ese tipo”.

En su experiencia, recuerda, está también la frontera norte: “Ya llegué una vez a Nuevo Laredo, pero ahí está difícil cruzar el río, pues están los zetas”.

– ¿Los zetas? ¿O la policía?
-“No, no, los zetas. Lo tienen todo comprado…no comprado, o sea que ya se adueñaron de ello (de la frontera), tienen inclusive casetas, te cobran hasta 2 mil pesos para pasar”.

Roger Medina comenta: “La migra (mexicana) aquí es un poco culera porque nos regresan. Uno anda por el otro lado y estos te regresan. Lo bueno es que no te piden mucho dinero”. Sin embargo, denuncia, “la municipal (la policía local) en cambio sí te pide mucho. Cuando me pararon, la otra vez, me dieron mi paliza para que les aflojara dinero. Me metieron preso dos horas. Ahora ando buscando como llegar a Arriaga para agarrar el tren”. Con tono de voz cada vez más triste añade un último comentario: “No es justo que uno tenga que vivir así, aquí todo es transa”.

Hay también quien se queda en México tras intentar ir al ‘otro lado’. “Llegué aquí cuando tenía 18 años”, comienza Juan, de El Salvador. Llegó joven a México, hace ya 23 años. Recuerda que en ese entonces ”no había ningún problema, uno viajaba a México, Tijuana y luego hasta Estados Unidos. Uno iba y venía sin problemas, no es como ahora que ya lo bajan (del tren) a uno”. Juan hoy vive y trabaja en Puerto Madero, en la costa, a pocos kilómetros de Tapachula.

“Toda mi familia vive allá en Salvador. Son 9 años que no veo a mi mamá y a mi familia allá. Fui militar en Salvador, no hice nada mal allá, puedo entrar a mi país con la frente en alto”. Por la guerra, decidió dejar al Ejercito e irse. Cuenta que ahora está casado con una mujer de Guatemala y está en Tapachula de paso. “Sólo unos días, porque estoy tramitando mi FM (forma migratoria)”.

Ya se siente mexicano y sin embargo, con más de dos décadas en el país, aún tiene que tramitar sus papeles de legal estancia. “Yo ya me siento de aquí. Cuando vuelvo allá (en El Salvador), ya no me siento bien, aunque haya nacido allá, me siento como extranjero, la gente me desconoce. No me tienen confianza como la gente de aquí que me conoce bien. Al ser migrante no soy ni de aquí ni de allá”.

Si nunca has sido pobre….

En la Casa del Migrante hay pocas mujeres, separadas de los hombres. Francia, de 28 años de edad y procedente de Honduras, accede a hablar. Lejos de los oídos masculinos afirma no ser un caso común.

– Yo no voy a los Estados Unidos, entonces no sé si quieres hablar conmigo
– No hay que ir a los Estados Unidos para ser migrantes…

Asienta con la cabeza y comienza su narración: “Vine aquí (Tapachula) a ver a mi esposo que me esperaba. Sus parientes tienen veinte años viviendo aquí. Él los alcanzó y luego me mandó a llamar”. Sonríe, sentada en la banca de la Casa del Migrante, toma su niño, Jeremías de 5 años, de la mano. Lo acerca y luego se acaricia el vientre. “Tengo cinco meses de embarazada”, dice. “Cuando vine a México, mi esposo me rechazó”. Hace 6 meses salió de su país y ahora se encuentra sola.

No parece desanimada, al contrario, la sonrisa sigue ocupando su rostro. “Llegué y (mi esposo) no me quiso. Y después de salir 4 veces embarazada y ahora con este niño – señala el pequeño a su lado -, él comenzó a ser agresivo, no sólo conmigo”. No sabe qué hacer, confiesa, aunque considera quedarse en México pues no sólo logró registrar a su hijo en el país, sino que piensa que “la educación está mejor aquí que en Honduras”.

Otras mujeres no se ven. No hay una opinión compartida acerca de dicha ausencia. Para la mujer es más fácil, opinan, porque cuando pide ayuda a la gente, “le dan más. A nosotros (hombres) nos dan 10 o 15 pesos, a ellas hasta 100 o 200”. La vulnerabilidad de las mujeres es clara: “Sufren más la violencia, eso sin duda”.

“Si preguntas por qué otras personas tienen mejor fortuna que yo – dice Luis, de El Salvador, de 32 años -, porque yo, que soy pescador, no puedo meter una empresa mía, aún con la posibilidad de hacer todos los papeles, porque se privilegian a empresas de otros lados, las transnacionales extranjeras”. En este contexto, afirma el migrante salvadoreño, no teniendo oportunidad “en tu tierra”, es necesario buscar la manera de salir adelante en otro lugar.

Aclara: “No es porque yo me sienta mejor en otro lado, yo creo que cualquiera de nosotros quisiera vivir bien con su familia, en su tierra, pero es algo que uno no tiene la oportunidad de hacer”. Luis mira fijamente a los ojos y afirma tajante: “Si tú nunca han sido pobre, nunca vas a saber lo que nosotros hemos sufrido”.

Hablando de El Salvador, pregunta: “¿Tú crees que El Salvador mejoró cuando le metieron el dólar (en 2001)? Eso no fue ningún futuro, fue futuro para los Estados Unidos, no para nosotros”. Y recuerda que la canasta básica “se fue para arriba y el salario se quedó igual”.

“Pero si vamos a hablar de política –continúa- a uno que no sabe le digo que la política es pura mentira, algo que no existe: si tú te quieres elegir como presidente municipal, le dices a la gente que vas a mejorar las cosas nada más para que te den su voto. Pero cuando ya tienes el poder ya ni te acuerdas de la gente que está necesitada y luchó por ti. Esa gente se muere de hambre todos los días, mientras tú ya tienes tu puesto”.

El migrante aborda también la política del presidente estadounidense Barack Obama. “Cuando Obama ganó yo estaba aquí en México. Él dijo que los migrantes aquí y los migrantes allá, pero no vi nada”. Comenta que desde que tomó el poder la nueva administración en Estados Unidos en 2009 han aumentado las deportaciones y disminuyeron las posibilidades para nosotros”. Acerca de la anhelada reforma migratoria, comenta: “Si hacen esa reforma (migratoria) es para el beneficio de los que están allá, no para nosotros que aún estamos de este lado”.

Según Luis, lo duro es aquí en México, no allá en los Estados Unidos. “Si todo fuera abierto, como dice el Libre Comercio (Tratado de Libre Comercio de América del Norte – TLCAN), podríamos ir y venir, sin problema. Pero no, aquí en México hay muchos retenes”. Y esboza una hipótesis: “Creo que Estados Unidos le paga a México cierta cantidad de dinero por cada migrante que agarran. Lo pagan, seguramente”.

Apariencia física guatemalteca

La campaña política y mediática que se desató alrededor de la ley SB1070 de Arizona ha sido intensa y amplia en los últimos meses. Sin embargo, no se ha pronunciado una palabra acerca de otros casos de detención de ciudadanos mexicanos por su apariencia.

Tal es el caso denunciado el año pasado a través de la queja AJ/22/2009 promovida por el Centro de Derechos Humanos Fray Matías Córdova (CDHFMC) y dirigida a la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) con fecha 16 de julio. En ese entonces, el CDHFMC demandaba a la CNDH que investigue los casos de tres ciudadanos mexicanos detenidos por agentes del Instituto Nacional de Migración (INM) e ingresados a la estación migratoria de Tapachula.

En el oficio firmado por uno de los abogados del Centro, Felipe Solís Gutiérrez, se reportan los casos de tres ciudadanos mexicanos (cuyos nombres omitimos por petición de los interesados), originarios de Chiapas, Puebla y Sinaloa respectivamente que, por no presentar el documento de identificación requerido por las autoridades en los puestos de control (credencial de elector) fueron primero detenidos y luego ingresados a la estación migratoria.

Dicha queja encontró finalmente respuesta el 25 de febrero de 2010. En una carta firmada por el coordinador de la Oficina Foránea en Tapachula, Héctor Pérez García, la CNDH informa la conclusión de su investigación, reconociendo los agravios sufridos por los tres ciudadanos mexicanos y reporta que el argumento de los servidores públicos fue “que no respondieron las preguntas que les formulamos sobre su lugar de origen […] y sus modismos son similares a las personas de Centroamérica y tenían acento guatemalteco”. La CNDH, en su respuesta, turna al INM la tarea de castigar eventuales responsabilidades.

No satisfecho, el 11 de mayo el abogado Solís Gutierrez del CDHFMC solicitó la intervención del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED), que contestó el 27 de mayo pasado enviando una oficio dirigido al Víctor Manuel Herrera De Lira, director de la estación migratoria Siglo XXI de Tapachula. En dicho oficio, el CONAPRED pide al INM que “modifiquen los mecanismos implementados para evitar que los agentes migratorios de dicha estación realicen detenciones de ciudadanos mexicanos por su apariencia física al imputarles la nacionalidad guatemalteca”.

Economía sumergida

La Casa del Migrante de Tapachula, parte de la Red Casa del Migrante Scalabrini que cuenta con cinco casas (en Tijuana, Nuevo Laredo, Tapachula, Tecún Umán y en Ciudad de Guatemala), trabaja también gracias a la ayuda de voluntarios que aportan su labor por un periodo determinado. Ramón García-Rubio Ruiz, ciudadano del Estado español, trabajó durante tres meses en la Casa de Tapachula. Antes, cuenta, trabajó de voluntario en el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas, en San Cristóbal de Las Casas. Califica su experiencia como positiva ya que en su país de origen y en Europa en general, dice, se conoce poco esta frontera, pues “se habla casi sólo de la frontera norte”.

Tras tres meses de trabajo con los migrantes, García-Rubio Ruiz afirma que entre tantos controles que se encuentran en la zona – hay 6 retenes sólo de aquí (Tapachula) a Arriaga (unos 250 kilómetros más al norte) – para atravesar el río Suchiate no haya ninguna dificultad, pues hay un flujo constante de balsas o en Arriaga hay cientos de migrantes que abordan el tren…y la policía no dice nada.

Sin embargo, lo que más lo sorprende, señala, es el papel que juega México. “Sacan una ley como la de Arizona (la SB1070) y hay políticos, gente del mundo del espectáculo, que firman manifiestos, publican cosas en contra, se llenan la boca de derechos humanos y luego como país receptor de migrantes y de tránsito, México es un país muy racista con los centroamericanos”. Un ejemplo, abunda, es el trabajo que en Tapachula se ofrece a los migrantes. Pasan camionetas frente a la Casa y recoge migrantes para ir a trabajar. “Trabajan de albañiles o de cargadores o de recolectores de fruta. En fin, lo que sea, un trabajo del día. Los empleadores llegan aquí porque saben que aquí hay migrantes y muchas veces no les pagan”.

El voluntario español afirma que alrededor de los migrantes hay una mafia enorme para sacar dinero: “desde agentes migratorios que cobran para dejarte pasar hasta la red de secuestro para extorsionar a la familias”. Finaliza tajante: “Hay una economía sumergida increíble”.

Los derechos humanos en la frontera sur

Fermina Rodríguez Velasco, coordinadora del Centro de Derecho Humanos Fray Matías de Cordova (CDHFMC), describe a la frontera sur de México como un filtro que busca crear una división entre “el migrante bueno y el migrante malo”. Explica que no hay autoridad o grupo que controle el territorio, aunque señala que quizás las autoridades federales son las que más se sienten “amparadas” para cometer abusos. “Si un migrante se va caminando, todo mundo lo para. Lo único que lo puede salvar de ser detenido o interceptado es su buena suerte. Y todos buscan una manera diferente de extorsionarlo”.

Rodríguez Velasco señala que el trabajo del Centro de Derecho Humanos Fray Matías Córdova – cuyo equipo cuenta con abogados y expertos en el sector – se desarrolla paulatinamente debido a que “somos muy pocas las organizaciones que trabajamos aquí y el trabajo es mucho”. La responsable señala algunos obstáculos para el trabajo del CDHFMC, cuyas actividades se centran en un 90 por ciento en atender a los ciudadanos migrantes.

El primer obstáculo sería la participación de las autoridades de distinto nivel en los delitos que sufren los migrantes. “Para ellos (las autoridades) no es nada interesante que un centro participe en la protección de los derechos humanos. En estos momentos, por ejemplo, nos impiden entrar a la estación migratoria. Podemos acceder sólo con personas que ya conocemos, no con la población en general”. De esta manera, las denuncias son más difíciles.

Otro obstáculo que señala Rodríguez Velasco son los medios de comunicación locales. No sólo no difunden la información, sino que se dedican a “desacreditar nuestra labor y nuestro personal”. Por último, señala a la delincuencia organizada como otro obstáculo. “Nunca hemos tenido ataques directos, pero hemos tenido migrantes que nos han contado que los mismos traficantes de personas los mandan a ver qué hacemos”. Admite que “sería muy ingenuo pensar que no estamos observados”.

En diciembre del año pasado, el CDHFMC publicó un informe titulado “Derechos Humanos y Condiciones de Detención en la Estación Migratoria Siglo XXI. Tapachula, Chiapas, México” en el que se analiza la composición migrante en el centro más grande de América Latina de su tipo. “Hemos observado con mucha preocupación que la estación migratoria en un lugar en el que la delincuencia amenaza a los migrantes para que no denuncien abusos. Cuando migración (el INM) detiene a grupos de migrantes, entre éstos se infiltran delincuentes y detectan a quienes podrían denunciar y los amenaza”, afirma la coordinadora del Centro.

El racismo también es objeto de reflexión en el CDHFMC. “Hay racismo en la región inclusive en las autoridades. Cuando hubo la XV Conferencia Regional sobre Migración (CRM), el 20 y 21 de mayo pasado, el entonces alcalde, Ezequiel Orduña Morga dijo que había tres tipos de población migrante: la negra, la gris y la blanca”. Según la declaración del político del Partido Revolucionario Institucional (PRI), “la negra venía a delinquir, la gris estaría de paso y la blanca viene a trabajar”.

Finalmente, Rodríguez Velasco identifica las diferencias entre la frontera sur y la norte de México: “Los casos de violación a los derechos humanos que suceden en esta frontera son poco conocidos: aquí mueren como en el norte, sólo que aquí los entierran en las fosas comunes. Mueren a mano de asaltantes, a mano de la delincuencia y nadie dice nada”.

El trabajo os hace libres

18 luglio 2010 Lascia un commento

El presente artículo fue publicado en el periodico mexicano La Jornada el día 18 de julio de 2010
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El 30 de junio pasado, el ejército del coronel Kadafi, en Libia, tomó por asalto el centro de detención para migrantes de Misratah, localidad cercana a la capital del país africano, Trípoli. La razón: castigar a los cerca de 250 migrantes, ciudadanos de Eritrea, culpables de haberse negado a ofrecer sus datos a las autoridades locales. El rechazo a proporcionar sus nombres y apellidos no es casual ni caprichoso. Temían –y siguen temiendo– que Libia trasmitiera la información al gobierno de Asmara y que éste no sólo los boletinara por haber abandonado el país, sino que, en su caso, tomara venganza con las familias que se habían quedado.

Tal postura se desprende del testimonio de un protagonista, quien pudo comunicarse vía telefónica con la prensa: El 29 de junio funcionarios libios nos pidieron nuestros datos generales para comunicarlos a la embajada de Eritrea. Nos rehusamos, pues el régimen de Asmara se habría vengado con nuestras familias. Y más adelante: El presidente Issyas Afeworki es implacable y no tolera la disidencia. Así, los libios nos acusaron de insubordinación y rebelión. Como castigo, los migrantes fueron deportados al campo de Al Brak, en la zona fronteriza sur de Libia, en medio del desierto del Sáhara.

Quien intentó escaparse o rebelarse a la decisión de que fueran deportados, mil kilómetros más al sur, fue golpeado y torturado, según el testimonio. Los migrantes se encontraron de un día a otro en medio del desierto, incomunicados, muchos de ellos heridos, sin asistencia médica, a merced de las autoridades de Kadafi, mismas que no prestan oídos a los reclamos del Alto Comicionados de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). La oficina de Naciones Unidas en Trípoli fue cerrada a principios de junio sin explicación alguna. El pretexto fue sencillo: Libia no ha firmado nunca los tratados internacionales sobre refugio.

Los migrantes de Eritrea, que a la luz de la situación bien se suman a la larga lista de potenciales refugiados, vivieron varios días desprotegidos en el sur de Libia. Estamos desesperados, expresó otra voz antes de que las autoridades le encontraran el teléfono celular que llevaba escondido. Si no obedecemos nos llevan a Eritrea, lo que para nosotros significa la muerte. Si obedecemos serán nuestras familias, pues se vengarán con ellas porque nosotros escapamos.

Conocida la noticia, en Italia se desató el clamor mediático. ¿Por qué Italia? Porque, acusaron inmediatamente los movimientos de solidaridad con los migrantes, esos potenciales refugiados son los mismos que el gobierno italiano expulsó en hace meses. Es decir, esos seres humanos son parte de los migrantes que la armada italiana detiene ilegalmente en alta mar y regresa a Libia. Tal hipótesis, rechazada por el ministro de Interiores italiano, Roberto Maroni, encontró aval en la petición formal que el comisario para los Derecho Humanos del Consejo Europeo, Thomas Hammarberg, hizo al gobierno de Roma el 2 de julio: Intervengan.

El gobierno italiano, aun evadiendo cualquier implicación en el caso, echó a andar la maquinaria diplomática para que Kadafi desistiera de su política represiva. Y tras pocos días de intensas pláticas entre las dos orillas del Mediterráneo –cercanas por la muy buena amistad entre el coronel Kadafi y el primer ministro italiano Silvio Berlusconi, más lejanas para los migrantes–, el 6 de julio se alcanzó el acuerdo de liberación y residencia en cambio de trabajo. En otras palabras, los refugiados de Eritrea podrán salir de su encierro y residir en Libia mientras acepten realizar “trabajo socialmente útil en distintas shabias (comunas) de Libia”. El convenio de liberación fue aceptado sólo por 140 refugiados del grupo.

El gobierno italiano nunca se echó para atrás (…) en la cuestión de los derechos humanos, se apresuró a declarar el Ministerio de Relaciones Exteriores italiano. Y tras responsabilizar a la Unión Europea, porque no toda la carga puede caer sobre los hombros italianos, añadió que no hay ninguna prueba de que los ciudadanos de Eritrea víctimas de esa persecución hayan sido deportados por la parte italiana. Una semana después, el periódico italiano Il Manifesto difundió un video, realizado el primero de julio de 2009 desde un barco de migrantes, en el cual se ve no sólo cómo la armada italiana rechaza a potenciales refugiados, sino sobre todo que 11 migrantes que aparecen en las imágenes son 11 personas incluidas en las listas de detenidos en Al Brak. Una casualidad.

Libertad en Libia, entonces. Pero, ¿cuál libertad? libertad de ser esclavos por tiempo indeterminado en un campo de trabajo libio sin que nadie, absolutamente nadie, se ocupe primero de investigar los abusos de estos días por las autoridades de Kadafi; segundo, que esos abusos no se repitan, y, tercero y más importante aún, que se otorgue el debido estatus de refugiado.

Ninguna libertad de circulación, ninguna garantía, ninguna protección, se encuentra en el acuerdo firmado por las autoridades de Libia tras la presión italiana. No hablemos de quienes no aceptaron el acuerdo, pues nunca conoceremos su destino. Al contrario, la suerte de quienes aceptaron el convenio quizás se pueda vislumbrar pensando al título mismo del acuerdo: libertad a cambio de trabajo, o sea, el trabajo os hace libres.

Un nuevo inicio del movimiento antirracista en Europa

1 aprile 2010 Lascia un commento

El presente artículo fue publicado en el portál mexicano Desinformémonos el día 1 de abril de 2010
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El pasado primero de marzo, las calles de España, Francia, Grecia e Italia fueron ocupadas por miles de ciudadanos migrantes convocados a manifestarse en el marco de la movilización bautizada como “Un día sin nosotros”. Desde Francia, en clara referencia a la movilización en la que millones de migrantes protestaron el primero de mayo de 2006 en Estados Unidos, se lanzó la propuesta que fue inmediatamente retomada por otros movimientos y organizaciones en todo el continente.

Un multitud de migrantes se manifestó en ese día en rechazo a las políticas discriminatorias de cada país y al marco legal europeo que las ampara, estigmatizando el racismo creciente que se vive en las ciudades del viejo continente y señalando, para quienes aún no lo quieren entender, lo importante que es la presencia migrante en el Continente, sobre todo hoy que la crisis económica tiene como sus primeras víctimas justamente a los trabajadores extranjeros.

Para tratar de comprender los significados de la movilización del primero de marzo, sus raíces y sus posibles consecuencias, hablamos con Sandro Mezzadra, sociólogo de la Universidad de Bolonia investigador del tema migratorio. Según el experto italiano, “el primero de marzo fue un nuevo inicio para el movimiento antirracista en Europa”.

– Un nuevo inicio, entonces…
– Sí, al menos con respecto a la que ha sido la historia del movimiento antirracista de los migrantes. En Italia, por ejemplo, este movimiento había sufrido un freno y había tenido grandes dificultades para responder a las nuevas situaciones creadas desde hace un par de años (desde el gobierno de Silvio Berlusconi). Hay situación nueva que tiene que ver con la política italiana y con el actual gobierno, y también por los efectos de la crisis global que como suele suceder ha golpeado primero a los migrantes.

– En el marco de la crisis global, al parecer la tendencia en Europa es el regreso al marco nacional, tanto económica como culturalmente. Recientemente hablaste de renacionalización. ¿Qué quieres decir con esto?
– En general creo que desde hace unos años la situación política europea está marcada por un proceso que podemos definir como renacionalización, al menos desde el veredicto negativo que la Carta Constitucional europea sufrió con el referéndum en Holanda y Francia; y sobre todo con las retóricas políticas que son profundamente caracterizadas por un regreso a la dimensión nacional. Lo que hace peculiar la situación es que hay por un lado la renacionalización de las retóricas y en parte de las políticas, y por el otro hay un proceso ya muy avanzado de integración de los migrantes que condiciona de manera muy profunda las mismas políticas de los países miembros.

– En esta fase constituyente de la Unión Europea (UE), hubo la intención de construir la ciudadanía europea, pero hoy se registra un regreso a un marco nacional de la ciudadanía. ¿Qué es hoy la ciudadanía europea?
– Estamos en una fase de enormes contradicciones y hasta de paradojas. No existe una política migratoria europea que sea constructiva, lo que existe es una serie de dispositivos que marcan de manera muy precisa el perímetro al interior del cual luego cada país aplica sus políticas. La cuestión de la ciudadanía europea es compleja. Tiene grandes potencialidades pero desde un inicio ha sido entendida y construida desde los tratados internacionales como una ciudadanía de segundo grado, o sea una ciudadanía que no se adquiere directamente sino a través de la adquisición de la ciudadanía de uno de los países miembros de la UE. La constitución de la ciudadanía europea entonces arriesga con duplicar los mecanismos de exclusión.

Por otro lado hay que decir que si la ciudadanía europea tiene elementos de potencialidad, éstos sólo se pueden desarrollar a partir de la toma de iniciativa, del desarrollo de una acción política por parte de los movimientos sociales. Por desgracia, en estos últimos años la capacidad de los movimientos de abarcar la dimensión europea e impulsar ese proceso ha faltado.

– Hasta hoy, entonces, faltó esa capacidad. Quizás se puede decir que el primero de marzo marca un cambio en este sentido, el dibujo de un nuevo horizonte…
– El primero de marzo tiene una dimensión europea pues nació en Francia, se difundió en Italia y tuvo algunos ecos en Gracia y en España. Sin embargo, siendo honestos, no se puede hablar de movilización europea. Hay ciertamente un carácter transnacional en la convocatoria a la movilización pero hay que reconocer que las manifestaciones más significativas, la francesa y la italiana, han tenido especificaciones muy nacionales.

– ¿Cuáles fueron las peculiaridades de las dos movilizaciones?
– En Francia se expresó un renovado protagonismo de los sans papier (Sin Papeles), que se viene dando desde hace un par de años. El primero de marzo la movilización es una continuación de lo sucedido en aquel país en los últimos tiempos. En Italia, en cambio, el primero de marzo ha marcado una ruptura positiva en el sentido que ha permitido al movimiento antirracista de los migrantes regresar a la calle en una perspectiva no solamente defensiva, no sólo una posición de resistencia frente al avance de las movilizaciones anti inmigrantes, de las legislaciones racistas y de las agresiones.

Lo que encuentro extraordinario de ese día es que vi un protagonismo migrante nuevo. En Italia, en los últimos veinte años, el protagonismo de los migrantes fue una constante, sin embargo lo que vi el primero de marzo es una presencia que tiene características nuevas. Un protagonismo que refleja la presencia madura y radicada en la sociedad italiana y que se expresó con una fuerte participación en todas las plazas italianas de los jóvenes, los llamados ‘migrantes de segunda generación’; hubo huelgas en algunas zonas industriales, en algunos sectores del comercio gestionado por los migrantes, algunas expresiones aún tímidas de trabajadores y trabajadoras del sector de la asistencia y una fuerte presencia de padres con niños. En fin, eran plazas caracterizadas por una presencia migrante definitivamente afirmada en nuestro país. Se podría decir que el primero de marzo fue un espejo en el que se reflejó la extraordinaria riqueza de experiencias, de nuevas formas de auto organización y de prácticas.

– ¿Esta nueva composición migrante que observas se traduce también en nuevas o renovadas demandas y reivindicaciones?
– Así es, pero hay que afirmar que todas maneras el derecho a quedarse, la lucha por los permisos de estancia, sigue vigente, son cuestiones que se quedan abiertas. Lo son en Francia, en donde hay mayor madurez de la historia migrante y lo son en Italia particularmente, pues existen leyes que producen continuamente la llamada ‘clandestinidad’, es decir, que determinan la pérdida del status de migrante legal aún para quienes lo hayan conseguido con muchos esfuerzos.

Al mismo tiempo se manifiestan también otras demandas que abarcan una dimensión social más general. Un ejemplo: en las escuelas la presencia migrante es ya una presencia estructural, pero en las universidades aún no. Hay seguramente un dato generacional, pues todavía son pocos los jóvenes hijos de migrantes que están en edad de asistir a estudios universitarios; se trata también de la existencia de algunos elementos que bloquean más en general la movilidad social de los migrantes.

– Esta situación configura también una transformación en la relación entre migrantes y mundo laboral. En ocasión del primero de marzo ¿cuál fue la posición de los sindicatos?
– En este aspecto tengo que ser sincero: la posición de los sindicatos frente a este día de movilización fue una gran desilusión. Lo anterior vale tanto para los grande sindicatos como para el sindicalismo de base. No hubo la comprensión de la novedad de esta movilización que tomó inspiración del primero de mayo de 2006 en los Estados Unidos. Se desató inmediatamente una polémica surrealista acerca del riesgo de una huelga étnica. Una tontería. No hay aún grandes aperturas del sindicalismo hacia el movimiento migrante. Unos días después del primero de marzo, el responsable del sector de migración del mayor sindicato italiano, la CGIL, admitió la enorme desproporción entre la base migrante inscrita al sindicato y la escasa presencia de migrantes entre los dirigentes sindicales: este es otro ejemplo de los obstáculos que existen para la movilidad migrante en la sociedad.

– La movilización del primero de marzo se lanzó desde los portales de las redes sociales en internet. ¿Fue un casualidad?
– No creo que haya sido casual, creo que ese fue un elemento fundamental para generar el éxito del primero de marzo. En Italia la movilización fue convocada a mitad del mes de diciembre por cuatro mujeres, dos migrantes y dos italianas a través de la constitución de un grupo de discusión en Facebook. Luego hubo un momento en que la movilización adquirió una cierta visibilidad mediática cuando se dio el episodio de rebelión migrante en Rosarno (en el sur de Italia) y la sucesiva represión. El hecho es que una movilización como ésta no puede tener el límite de la red: cuando se nombran las contradicciones violentas que son materialmente encarnadas en las condiciones de vida y de trabajo de hombres y mujeres, es necesario tomarlas en cuenta justamente en su dimensión concreta, real. Así que desde la red, la movilización se fue transfiriendo a la realidad con la constitución de comités locales de promoción del primero de marzo. De ahí las reuniones y las iniciativas que llevaron a la movilización.

– Los hechos de Rosarno, y no solo esos, despertaron el debate acerca del racismo en Italia y en Europa. ¿Qué es hoy el racismo?
– Como primer paso, es necesario distinguir entre racismo y xenofobia, es decir entre una genérica aversión hacia el otro en cuanto extranjero y un racismo que se desarrolla en prácticas antes que todo institucionales. Yo hablo de racismo cuando hay este elemento institucional, jurídico, legislativo fuerte. En Italia se ha avanzado mucho en este sentido. Ya entre las filas de la izquierda institucional, en los años pasados, se había afirmado la idea de lo que se ha convertido un derecho especial para los migrantes. Creo que esta sea la raíz fundamental del racismo que hoy enfrentamos.
Ciertamente, en los últimos dos años este racismo fue potenciado enormemente. Pongamos como ejemplo lo que sucedió en Rosarno: desde hace varios años pasaba lo que sucedió este año, terminada la temporada de recolección de fruta, había siempre alguien que iba a disparar en contra de los migrantes que habían trabajado en los campos. Nunca se habló de esto, pero este año los migrantes armaron la revuelta. Frente lo que sucedía, el gobierno italiano declaró inmediatamente que la causa de todo era la excesiva tolerancia frente al inmigración ilegal. Con esas declaraciones, los italianos de Rosarno se sintieron más que autorizados para hacer lo que hicieron: un verdadero pogrom en contra de los migrantes africanos. Creo que éste es un ejemplo muy claro de los que significa ‘racismo institucional’ y éste es el racismo que enfrentamos hoy en Italia y en Europa.

– Si éste es el racismo, ¿qué significa ser hoy ser antirracista en Italia y en Europa?
– Antes que todo significa luchar en contra de estos dispositivos que producen la inferiorización de los migrantes. Un ejemplo: la Comisión Europea (el órgano ejecutivo de la UE) financia Frontex (agencia europea de control fronterizo), contribuye de manera substancial en la construcción del régimen de control de las fronteras, mismo que es elemento fundamental de las políticas migratorias en la UE, y al mismo tiempo, paga los programas en contra de la xenofobia y el racismo. No creo que en esto haya hipocresía, sino un racismo que actúa en un nivel más profundo de ese que es posible alcanzar con las campañas de información y educación entre los jóvenes para el respeto del otro. Y este es el racismo institucional del que hablaba antes. Por lo tanto, antirracismo significa luchar en contra de estos dispositivos, construyendo otros dispositivos de ciudadanía, de cooperación, que construyan las condiciones para una vida en común libre del racismo. Estoy convencido que todo lo anterior no es posible sin el protagonismo y la contribución de aquellos que en primera persona viven el racismo, es decir las y los migrantes.

– ¿Cuál es el estado de salud de los movimientos antirracistas en Europa?
– Los movimientos en los últimos años han sufrido ciertas dificultades para practicar la dimensión europea. Esto no significa que no haya iniciativas que pongan continuamente ese problema, como por ejemplo los campamentos No Border.
Sin embargo, la mejor manera de responder es analizando lo que pasó el primero de marzo. Estamos ante una situación en la que existe una gran ofensiva anti migrante, sin embargo ese día se pudo observar otra dimensión de la ciudadanía que no existió sólo el primero de marzo sino que existe todos los días, con pequeña iniciativas, pero ahí está. El primero de marzo esa realidad encontró un momento importante de visibilidad y espero también de contagio, de intercambio, de influencias mutuas, y sobre todo de multiplicación. Lo anterior vale para la mayoría de los países europeos. Existe un tejido de experiencias y de luchas, porque se trata de experiencias y de prácticas de ciudadanía que a menudo se convierten en luchas inmediatas y que forman parte de otra ciudadanía europea, es decir, de una realidad que es mucho más rica de la que es la imagen de la ciudadanía europea que aparece en los periódicos, en el discurso público, en las retóricas políticas.

– ¿Qué sigue al primero de marzo?
– Sin duda seguirá la movilización de alguna manera. Por ejemplo, a través de las iniciativas que ya se están organizando para dar seguimiento a la movilización. Creo que será necesario entender cómo fue producida esa movilización, hacer un mapa, un análisis retrospectivo de cómo se llegó al primero de marzo, en cada ciudad, en cada pueblo, en cada territorio donde ese día se produjo algo significativo.
Son muchos los episodios que hay que registrar: asociaciones antirracistas y comités de migrantes, ventanilla de apoyo legal y clínicas autogestionadas, escuelas de idioma y asociaciones de mujeres, proyectos de investigación y de comunicación, etcétera. Parece algo banal, pero creo que es necesario ir y ver y conocer a los sujetos que se movilizaron, ir a ver las experiencias más o menos consolidadas que han confluido en las calles el primero de marzo y de ahí entender cómo transformar en un espacio estable ese lugar común que el primero de marzo representó.

Creo que las luchas de los migrantes en Europa y quizás también afuera se expresaron en una multiplicidad de temas. Por comodidad, yo identifico siempre cuatro: el trabajo, los derechos, la ciudadanía y el antirracismo. Tenemos que seguir caminando en esta multiplicidad y para poder hacer eso necesitamos de instrumentos, lenguajes, espacios que nos permitan contagiar y multiplicar las experiencias que ya existen.

Represión d ela migración y género

13 marzo 2010 Lascia un commento
El presente artículo fue publicado en el periodico mexicano La Jornada el día 13 de marzo de 2010
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El pasado 12 de febrero sucedió lo temido. Joy y Hellen, dos nigerianas migrantes en Italia, fueron internadas en el Centro de Identificación y Expulsión (CIE) de Milán. La permanencia en este triste y mal afamado lugar no les es nueva. Las dos ya lo conocían. Estuvieron allí cuando el responsable de la policía italiana de ese centro de detención intentó violar a Joy. Esa noche, tras la resistencia de la migrante, el agente italiano la golpeó en pleno rostro. De ahí a pocas horas la rebelión explotó en el CIE de Milán.

Era el 13 de agosto de 2009. Por esa rebelión, las dos mujeres, otras tres migrantes y nueve hombres de distintos orígenes fueron condenados a la cárcel. Seis meses después de esa noche, Joy y Hellen fueron liberadas. Pero el destino las esperaba una vez más en el CIE de Milán, pues aun purgada la condena –por cierto, conminada por una juez–, las dos seguían sin tener documentos. Y para los sin papeles en Italia sólo hay un lugar: los CIE. Y en el de Milán los funcionarios que acosaron a Joy siguen en sus puestos: Vittorio Addesso, inspector de la policía italiana en el CIE, y Massimo Chiodini, responsable de la Cruz Roja en el mismo centro.

El temor que algo más pueda suceder es fundado. No es sólo la violencia que los funcionarios mencionados podrían repetir al total amparo de la autoridad que representan y que, al parecer, hasta ahora los ha salvado de cualquier condena. Es también el serio riesgo de suicidio que contamina el ambiente dentro de los CIE. Son numerosos los casos de suicidio o tentativas de hacerlo entre los migrantes encerrados. Para el caso de Joy resulta muy significativo un hecho en particular: el 16 de enero de este año, uno de los condenados junto a Joy y Hellen, Mohammed El Abouby, se quitó la vida. ¿La razón? El día anterior, su abogado le comunicó que iba a ser transferido otra vez a un CIE. Mohammed había participado en la rebelión y durante el proceso había acusado al inspector de violencia en contra de la migrante nigeriana. Tras ese suicidio, un comunicado de una organización en favor de los migrantes divulgó: Mohammed demostró todo el valor concreto de la solidaridad activa por la cual pagó el precio hasta con su propia vida.

Si eso no sucediera, queda vigente el peligro de otros abusos. La tentativa del 13 de agosto pasado no es un caso aislado, denuncian diversas organizaciones de la sociedad civil italiana. Es más, según las mismas, Vittorio Addesso sería un violador en serie, pues el caso de Joy no ha sido el único. Si esto fuera poco, las mismas organizaciones denuncian que en realidad éste sería sólo el último eslabón de la cadena. Según múltiples testimonios recogidos entre las mujeres migrantes que acuden a las organizaciones en busca de un poco de solidaridad y ayuda, nosotras somos objeto de la violación perfecta, pues en la gran mayoría de los casos no acudimos al hospital a que nos curen; tenemos miedo de que nos expulsen. Este es el precio –entre otros– de no tener papeles para regular su estancia.

La actual situación es sin duda consecuencia del creciente entorno represivo que los migrantes viven hoy en Italia. El más reciente episodio legislativo en este sentido fue el llamado paquete de seguridad, un conjunto de leyes y dispositivos legales que acotan aún más las libertades y los derechos de los migrantes. En el caso específico, es preciso subrayar que parte de dicho paquete legislativo se concentra precisamente en las medidas pensadas para frenar la violencia en contra de la mujeres. Casos reales convertidos en paradigmas de la supuesta violencia migrante en contra de las mujeres que deben de ser frenados, impedidos y castigados. Así las cosas, tras una imponente campaña mediática, el resultado tenía que ser uno: las mujeres (italianas) deben tener miedo y la sociedad en su conjunto exigir el castigo ejemplar de los bárbaros foráneos.

Y si el resultado inmediato era la aprobación parlamentaria del paquete, la finalidad última es abusar con nuevas y otras formas de esos cuerpos femeninos. Primero, transformando los cuerpos de las mujeres en instrumento y pretexto para el endurecimiento de las medidas de control y represión para toda la sociedad. Segundo, se construye la diferencia y la separación entre italianos y migrantes, pues la seguridad que se ofrece a las mujeres es sólo para las blancas, italianas, autóctonas, la mujer nostra, naturalmente. Porque por el otro lado, las migrantes pagan y siguen pagando el precio de tanta represión. Lo pagan tan directamente que es su cuerpo el objeto de ese cobro indebido que la sociedad italiana, indecisa frente a su propio miedo, exige a los migrantes, la parte más indefensa y sujeta a chantaje de la sociedad italiana.

Ese es el cuerpo femenino: objeto de campañas mediáticas para que el Estado italiano corra en su defensa cuando los potenciales abusadores son los migrantes; objeto de indiferencia cuando el abuso se consuma en las cuatro paredes domésticas (tres cuartas partes de la violencia hacia las mujeres en Italia sucede en los hogares familiares, según datos estadísticos); objeto de todo tipo de abuso cuando ese cuerpo es migrante –y extranjero, por lo tanto indefenso, anónimo, invisible–, y cuando se encuentra en manos de las autoridades que de él disponen a pleno gusto de los carceleros en turno.

Esclavitud y mafia en Italia

30 gennaio 2010 Lascia un commento

El presente artículo fue publicado en el periodico mexicano La Jornada el día 30 de enero de 2010
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El pasado 7 de enero, en la localidad de Rosarno, en la extremidad sur de la península italiana, cerca de Reggio Calabria, la punta de la bota itálica, miles de trabajadores migrantes, recolectores temporales de fruta –de aquí los preciados cítricos italianos–, salían a las calles del pueblo de poco más de 15 mil habitantes para manifestarse en contra del racismo del que son víctimas. El pretexto: pocas horas antes alguien disparó, desde su automóvil, en contra de un grupo de ciudadanos migrantes que se reunía en las afueras de la estructura –una ex fábrica– que lo hospedaba. El episodio, de por sí reprobable, en realidad fue a completar una larga lista de ataques más o menos directos hacia la comunidad migrante de la zona.

La protesta tomó rápidamente las características de una rebelión generalizada en el seno de la multiétnica comunidad de migrantes que ahí, como en muchos otros territorios del sur italiano, vive y trabaja. El hartazgo y la rabia los alcanzó, pues no sólo ya no están dispuestos a aguantar intolerancia y racismo, sino también las condiciones materiales que dichas actitudes producen: precariedad de la vivienda, sueldos escasos, abusos laborales y, en su caso, invisibilidad y chantajes causados por la falta de papeles para regular su estancia. Al día siguiente llegó la venganza. La población local, organizada en improvisados comités vecinales, invadió las calles de Rosarno y desató la caza del migrante. Con palos, cadenas y, en algunos casos, armas de fuego, los ciudadanos italianos se lanzaron en contra de todo extranjero que encontraban en su camino. El resultado: golpizas, persecuciones y agresiones de todo tipo, en especial modo en contra de los migrantes de tez oscura, es decir los negros. A las pocas horas, la intervención de la policía italiana regresó la calma aparente: 37 heridos en total (16 de ellos migrantes, el resto policías), los buenos italianos calmados y los migrantes –la mayoría de ellos– alejados del pueblo; es decir, literalmente cargados en camiones y llevados a los mal afamados Centros de Identificación y Expulsión.

La noche del 8 de enero, el ministro del Interior, el reconocido racista Roberto Maroni, declaraba frente a las cámaras de la televisión que los hechos eran el resultado de años de excesiva tolerancia hacia la migración ilegal, misma que, según la letanía de siempre, estaría en la base de la criminalidad y de las situaciones de degrado social. Así las cosas, el gobierno italiano no sólo hacía (y hace) caso omiso de las degradantes e indignas condiciones bajo las cuales los migrantes son obligados a trabajar por italianísimos patrones; no sólo justifica a posteriori las agresiones de la población civil, premiando indirectamente a quienes finalmente se volvieron intolerantes, sino que además condena a los mismos migrantes, culpables de no querer vivir como animales y de no tener los papeles que la misma ley italiana no les permite conseguir.

Pero además hay otra historia dentro de esta historia. Y es que el gobierno italiano –y la sociedad que lo apoya desde el otro lado de las pantallas televisivas– está en realidad legitimando el histórico y muy actual sistema de gobierno del territorio y de la producción agrícola en el sur del país. El poblado de Rosarno, así como toda la región de la Calabria y demás áreas colindantes, son zonas de la mafia. Varían los nombres y las familias al mando, pero el modelo es ese: control estricto del territorio por vía de la amenaza, la imposición, la violencia, la corrupción, los favores y los chantajes. Buena parte de los gobiernos municipales de la zona están actualmente suspendidos por infiltración del hampa. La mafia –que en Rosarno se llama ‘Ndrangheta; es decir, la misma que tiene buenas relaciones con el cártel del Golfo en México– controla todo allá: es la gestión de todas las actividades ilícitas, pero también de todas las productivas. Es así que la mafia llega a controlar el mercado de los trabajadores de bajo costo, migrantes y desprotegidos. En este enfoque, los migrantes son los únicos hoy que se rebelan clara y abiertamente en contra de dicho poder.

Por otro lado, no puede sorprender que este tipo de episodios suceda justamente en la época del llamado paquete seguridad, instrumento legislativo aprobado en medio de polémicas en el verano del año pasado y que restringió, aún más, derechos y oportunidades para los ciudadanos migrantes. Más allá de la inexistente relación entre clandestinidad y tasa de criminalidad, que sin embargo sigue siendo el pretexto de cualquier declaración y acción del gobierno italiano, es evidente que la aumentada precarización de la vida migrante en Italia debido al nuevo marco legal ha conllevado a la creación de un ejército de seres humanos expuesto a todo tipo de chantaje y condición laboral y de vida. La vía moderna a la esclavitud.

En este contexto, a pesar de las consecuencias materiales de lo sucedido, la rebelión migrante de Rosarno debe ser leída también como una señal de positivo hartazgo y deseo de vivir. La digna rabia migrante surgida en el sur de Italia habla el lenguaje claro y esperanzador de quienes no se quieren rendir frente a la creciente, difundida y pegajosa voluntad de resignarse que está poco a poco contagiando a la sociedad italiana.