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Génova 2001: la marcha de los desobedientes

15 agosto 2010 Lascia un commento

El presente artículo fue publicado en el periodico mexicano La Jornada el día 15 de agosto de 2010
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El tren que nos lleva de regreso es largo y corre rápido en la vía. Afuera está la oscuridad de la noche que nos acompaña. El pensamiento va rápido a los que aún faltan por ser liberados. Sin embargo, también corre hacia atrás, a recordar los sucedido en las últimas setenta y dos horas. Un recuerdo duro y difícil que desde ese momento no parará de renovarse; en memoria, dicen varios, de la muerte que nos tocó de cerca; en honor, dicen otros, de la justicia que se necesitará para enmendar (si es posible) la muerte por mano de la violencia de un día de protesta. O, simplemente, para evitar olvidar, pues el olvido, dicen algunos, es el enemigo de la humanidad. Y olvidar la muerte a manos de la policía italiana del joven Carlo Giuliani significaría dejar de ser lo que queremos ser: libres.

Es la noche entre 21 y 22 de julio de 2001. La hora no se sabe y, la verdad, poco importa. Estamos hacinados en el poco espacio de un tren que nos asignaron para que el grupo de manifestantes procedente del noreste italiano saliera de la ciudad de Génova tras tres días de magnas protestas por la reunión del Grupo de los 8 (G8). Somos las “Tute Bianche” convertidos en los desobedientes por esta protesta y, ahora, abrumados por tanta violencia vista en las calles del antiguo puerto sede de la reunión de los “poderosos del planeta”.

Pocos meses antes, la prensa mexicana nos había bautizado “los Monos Blancos” con un tono un tanto despectivo, pues nos habíamos atrevido a expresar nuestra solidaridad con la Marcha del Color de la Tierra y sus integrantes, protagonizada por los comandantes (y un sub) del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Y fue con esa experiencia y el sueño que se gestó en ella que más de diez mil manifestantes, en la mañana del 20 de julio, bajaban las calles de Génova rumbo a la alta barda que los organizadores del G8 habían levantado para “proteger” la reunión institucional.

No éramos los únicos, “ni los mejores” decíamos. En el resto de la ciudad, decenas de manifestaciones similares se repartían el territorio para poder protestar cada quien con su forma y consignas, pero todos en contra de una reunión que se consideraba (y se considera) sumamente ilegítima y antidemocrática. Y no era casual. Desde semanas antes del evento, las organizaciones sociales italianas (y muchas europeas) venían organizando la protesta.

Reunidos en Génova Social Forum, los distintos sectores de la sociedad civil italiana habían organizado tres días de protesta: el primer día, la protesta colorida y “tranquila” en favor de los derechos de ciudadanía; el segundo día, se iba a dar “el asalto” a la llamada zona roja, es decir la zona centro de la ciudad, cerrada a la ciudadanía por la presencia de los ocho jefes de Estado; y finalmente, el último día, la megamarcha conclusiva. Y aunque el primer día transcurrió como debía, el segundo día comenzó a concretarse el plan gubernamental: reprimir con fuerza y determinación para, quizás, dar una señal clara y tajante de la postura del nuevo gobierno de Silvio Berlusconi frente a la protesta.

La marcha de los desobedientes, que avanzaba lentamente desde el periférico Estadio Carlini (un estadio de futbol que hospedó a los manifestantes), fue alcanzada por la sorpresiva represión de los carabineros italianos unas cuantas cuadras antes de que terminara el recorrido ya autorizado por las autoridades. Con gases lacrimógenos y macanazos, los uniformados enfrentaron la primera línea de la marcha que iba protegida tras unos enormes escudos de plástico transparentes.

Recuerdo el primer embate de la policía contra los escudos que sosteníamos varios manifestantes. Primero fue el silencio, o quizás es sólo el recuerdo deformado. Luego unos golpes, secos, repetidos, todos iguales. ¿Qué es?, nos preguntábamos. A los pocos segundo, el gas comenzó a subir por abajo del plástico que nos protegía. Las máscaras que llevábamos perdieron rápidamente su función. El calor y la respiración acelerada no ayudaron: la sensación de sofocación llegó tan rápida como los golpes y patadas de los primeros policías en la débil defensa que les oponíamos. El resultado fue inevitable: los escudos volaron en pedazos o cayeron al suelo; hubo que quitarse las máscaras para dar paso al aire, aunque llegara el gas en su lugar; los cuerpos fueron presa inmediata tanto del pánico como de la violencia de la policía. Fueron momentos de miedo y de sorpresa.

La batalla duró muchas horas y se caracterizó no sólo por la determinación de los manifestantes, sino sobre todo por la desorganizada actuación de las fuerzas uniformadas llamadas a mantener el orden durante los días de la cumbre. Dicha desorganización se debió a la falta de preparación de muchos de los agentes de policía que llegaron a Génova pocos días antes de las protestas y no conocían la ciudad, pero también a la falta de coordinación entre los distintos cuerpos policíacos presentes, policía de Estado y carabineros; además, y sobre todo, por las ordenes dictadas en esos dramáticos días.

Mientras en el cuartel general de los carabineros, organizado en las instalaciones del puerto de Génova, el hoy presidente de la Cámara de Diputados y entonces viceprimer ministro, Gianfranco Fini, daba órdenes brincándose toda cadena de mando establecida, el entonces ministro del Interior, Claudio Scajola, según sus declaraciones posteriores, ordenaba a las fuerzas del orden “utilizar las armas” en caso de que los manifestantes penetraran la zona roja; mientras estos personajes operaban detrás del escenario, digo, en las calles de Génova la batalla se encendía aún más. Son decenas los episodios y las anécdotas que valdría la pena contar, relatar, recordar y explicar. Porque la violencia tomada como hecho aislado genera repudio a las gran mayoría; pero la violencia sistemática y orquestada por los gobiernos aparentemente democráticos sólo debe producir indignación y anhelo de justicia.

Es en uno de estos episodios que sucede lo irreparable, es decir, se asoma la muerte entre los manifestantes.

Cerca de unos setenta carabineros, escoltados por dos camionetas, ocuparon la Plaza Alimonda, a unos cien metros de vía Tolemaide, donde fue atacada la marcha de los desobedientes y en donde seguían los enfrentamientos. Una vez dueños de la plaza, el mando local de los carabineros decidió atacar a los manifestantes por uno de sus flancos. Acorralados, los cientos de manifestantes que vieron repentinamente cerrada su única vía de fuga contraatacaron a las fuerzas del orden. A los pocos minutos del choque inicial, los carabineros se vieron superados en número y decidieron retirarse.

Los mismos carabineros admitirán más tarde, en entrevistas frente a los jueces que investigaron los llamados “hechos de Génova”, que ese ataque fue totalmente inútil y mal organizado; que el retiro fue también realizado de manera desordenada y que, sobre todo, las dos camionetas que los acompañaban no tenían por qué estar ahí. Pero así sucedieron las cosas, y en su retirada sin rumbo una camioneta blindada se paró durante unos segundos. Poco tiempo, pero suficiente para que decenas de manifestantes la alcanzaran, la rodearan y comenzaran a golpearla con los instrumentos disponibles: palos, algunas piedras, las manos, en medio de insultos y gritos.

En las imágenes tanto fotográfica como de video se observa claramente la ventanilla posterior de la camioneta: una ventanilla rota, los pies de un carabinero (quizás echado al piso), muchas sombras y una mano tendida hacia atrás. En ella una pistola. En particular en el video se ve cómo un joven, de pantalón negro y camiseta blanca sin mangas y un pasamontañas que le cubre el rostro, rodea la camioneta. Desaparece un momento de la vista y luego se escuchan claramente dos disparos. Un grito: “Noooo… puta madre!” Es el camarógrafo que logra mantener la cámara apuntada pero no puede contener la desesperación por lo que acaba de suceder. El joven de playera blanca yace en el suelo, un extinguidor rojo a su lado (que él había tratado de lanzar en contra de la camioneta), los manifestantes inmóviles por unos segundos.

El horror en pocos segundos. Con diecinueve años de vida, ese joven era Carlo Giuliani, asesinado por un disparo que le perforó el pómulo izquierdo y lo mató en pocos minutos. O quizás se podía salvar, no se sabe, pues la camioneta aprovechó ese instante de sorpresa para echar marcha hacia atrás, pasar por encima del cuerpo de Carlo dos veces (de reversa y ya en su huida) y alejarse definitivamente. Pocos minutos después, la policía, ubicada a pocas decenas de metros de ahí, intervino (ahora sí) y rodeó al cuerpo tendido. Testigos (los paramédicos que arribaron varios minutos después de los uniformados) afirman que Carlo aún respiraba cuando llegaron.

Esa tarde el muerto era un manifestante español, se dijo. Sólo en la noche se supo que era Carlo, joven de Génova, activista que ese día se unió a la marcha de protesta porque sentía –él también– que Génova había sido ocupada por el ejército de un gobierno de facto e ilegítimo del mundo, el G8. Durante pocas horas inclusive circuló la versión según la cual los poderosos suspendían la cumbre por la gravedad de los hechos. Nada de eso en realidad. La cumbre continuó y la represión también.

Al día siguiente, 300 mil personas se manifestaron. Y también fueron atacadas sin razón alguna por las fuerzas del orden. En la noche, una pesquisa en la sede del centro de medios del Génova Social Forum –hospedado en la Escuela a. Díaz– devino en otro acto represivo: más de ochenta heridos de gravedad fue el resultado de lo que algunos funcionarios de policía definieron como “la carnicería mexicana”. En los días siguientes, cientos de detenidos durante las manifestaciones denunciaron la tortura y las vejaciones de las que fueron objeto en la cárcel de Bolzaneto.

Por todo lo anterior hubo varios procesos. El 19 de mayo pasado, los tribunales italianos condenaron –en segundo grado, falta la última apelación posible– a cuatro años de detención a algunos funcionarios de la policía por exceso de violencia, por tortura, por “siembra” de pruebas en contra de los imputados, por falsas declaraciones. Entre ellos el actual jefe de la Policía Nacional Anticrimen, Francesco Gratteri; el jefe del Centro de Estudios de los Servicios Secretos, Giovanni Luperi; el jefe de la Central Operativa de la Policía Nacional, Gilberto Caldarozzi. Y quien admite haber disparado en contra de Carlo Giuliani, el carabinero Mario Placanica, fue absuelto por haber actuado en legítima defensa. Pero que nadie tiemble en su asiento. El 20 de mayo, el actual ministro del Interior, Roberto Maroni, se apresuraba a declarar: “Tenemos plena confianza en los funcionarios [condenados] y no pediremos sus dimisiones.” Dicha confianza fue renovada inclusive cuando el ex jefe nacional de la policía italiana, Gianni de Gennaro, fuera condenado el 17 de junio pasado a un año de cárcel por haber instigado el falso testimonio de un subordinado. No hay justicia, parece. Los ejecutores son condenados pero siguen en sus puestos, amparados por los autores políticos de la tragedia.

Italia: condena ejemplar

9 luglio 2010 Lascia un commento

El presente articulo fue publicado en el semanario mexicano Proceso, el día 09 de julio de 2010.
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El 17 de junio pasado, la Corte de Apelación del Tribunal de Génova, en Italia, condenó a un año y cuatro meses de prisión a Gianni De Gennaro, jefe del Departamento para las Informaciones y la Seguridad (DIS), que depende directamente del primer ministro y controla los servicios secretos italianos.

La sentencia obedece a que De Gennaro indujo el exjefe de la policía de Génova, Francesco Colucci, a mentir frente a los jueces que investigaban el papel mantenido por el entonces jefe nacional de la policía italiana (el mismo De Gennaro) en el operativo de desalojo realizado en las instalaciones del centro de medios del Génova Social Forum (GSF) el 21 de julio de 2001, durante las protestas contra la reunión del Grupo de los 8 (G8).

Un mes antes, el 18 de mayo, el mismo tribunal, condenó a otros 25 dirigentes de la policía italiana por distintos delitos relacionados con el mismo hecho. Entre ellos se encuentra el hoy jefe de la policía anticrimen, Francesco Gratteri; el excomandante de los antimotines de Roma (enviados en julio de 2001 a garantizar la seguridad en Génova), Vincenzo Canterini, y el exdirector de los repartos especiales de los carabineros, Giovanni Luperi.

Las condenas, que revocan la absolución de todos los imputados en el primer juicio emitida en 2008, abren la puerta no sólo del tercer y último grado de revisión del caso; es decir, la Corte de Cassazione, sino que abren la posibilidad de una “condena ejemplar” de la llamada “cadena de mando” que instruyó el operativo de desalojo de la Escuela Diaz en Génova, en esos días sede del centro de medios del movimiento que se reunió en la ciudad italiana para protestar contra la reunión de “los ocho Grandes”.

No obstante, tanto el ministro de Interiores del actual gobierno italiano, Roberto Maroni, como varios exponentes de la política italiana han ratificado el apoyo gubernamental a los funcionarios condenados. “Estos hombres (los condenados) tienen y siguen teniendo la plena confianza del sistema de seguridad (italiano) y del Ministerio de Interiores”, dice el comunicado oficial del gobierno italiano.

Los protagonistas

Tras la absolución (excepto de 13 policía antimotines) de noviembre de 2008, en el aula del tribunal de Génova se levantaron las consignas “¡Qué vergüenza!”, gritaban decenas de manifestantes y familiares de los detenidos aquella noche del 21 de julio cuando la policía italiana irrumpió en la Escuela Díaz y, con lujo de violencia, detuvo a 93 personas.

Hoy, tras la nueva sentencia, esas mismas personas reivindican “el pedacito de justicia que se nos concedió” y claman porque los funcionarios condenados “dejen su puesto ya”, inclusive antes que el máximo tribunal italiano, la Cassazione, dicte la última sentencia. “¡Se hizo justicia!” fue el primer comentario del doctor Vittorio Agnoletto, entonces portavoz del GSF, la red que organizaba el movimiento de protesta.

“Fueron necesarios nueve años, pero finalmente algunos jueces valientes han reconstruido la cadena de mano de la noche ‘chilena’ en la Díaz”, apuntó. Y añadió: “Dije ‘valientes’ no por casualidad, pues no es sencillo condenar a quien (De Gennaro) está en la jefatura de los servicios de inteligencia” de Italia. El también exdiputado en las listas de Izquierda Europea recuerda que todos los funcionarios condenados fueron, desde 2001 a la fecha, promovidos y hoy ocupan puestos de primera importancia en las fuerzas de seguridad italianas.

Por esta razón, continúa, “con esta sentencia nadie ya puede esconderse tras la retórica de las ‘manzanas podridas’ porque si éstas existen se encuentran en las cumbres de los aparatos policíacos y de los servicios secretos”. Y aclara: “Cualquier obra de ‘limpieza’ debe comenzar a ese nivel”. Por su parte, Laura Tartarini, abogada de quienes se manifestaron en esos días en Génova, señala: “Estamos satisfechos, pues la sentencia demuestra que por una vez todos somos iguales frente a un tribunal italiano”.

Sin embargo, el mismo Vittorio Agnoletto, tras aprender la postura del gobierno frente a la condena, afirma que los funcionarios condenados deberían dimitir o, en su caso, ser despedidos por el gobierno. “Espero que al menos este objetivo, que sería obvio en toda Europa, sea perseguido por la oposición” al gobierno de Berlusconi. Y abunda: “Ahora hay todos los elementos para remontarse a las responsabilidades políticas de quien en ese entonces era el primer ministro, Silvio Berlusconi, el ministro de Interiores, Claudio Scajola, o se encontraba en la sala de comando de los carabineros, Gianfranco Fini (hoy presidente de la Cámara de Diputados)”.

Con él coincide Luca Casarini, en ese entonces también portavoz del GSF, quien señala que la sentencia representa mucho más que una “justa y debida” revisión de la absolución en primer grado. Según el activista italiano, la sentencia tiene un grado político importante porque demuestra que “aquellos oficiales, hoy dirigentes de máximo nivel de la policía italiana, decidieron y ordenaron lo que luego sucedió”. Es decir, “es el Estado, en sus articulaciones más importantes, quien tiene la responsabilidad, no un individuo o algún funcionario corrupto”. Casarini comenta la posición del gobierno y pregunta: “Si en un país la única categoría (de personas) que se queda en su lugar a pesar de condenas muy graves es la que comprende a las fuerzas armadas, a los policías y a los carabineros, ¿qué es lo que está realmente sucediendo?

“Para los políticos investigados se pide la renuncia. Los periodistas arriesgan su puesto de trabajo si son condenados (…) no hablemos de los ciudadanos de a pie”, añade. Sin embargo, señala, a policías, carabineros y militares, quienes tienen responsabilidades, “no les sucede nada”. Para concluir, Luca Casarini pregunta: “¿Puede un país reivindicarse sólo un poco democráticamente si los únicos por los que hay completa impunidad por delitos cometidos en el ejercicio de sus funciones, son los que detienen ‘el monopolio de la fuerza’?”.

“La carnicería mexicana”

La reunión del G8 en Génova en julio de 2001 fue el primer gran evento del nuevo gobierno de Silvio Berlusconi, que entró en funciones meses antes. En un contexto que aún no sufría las consecuencias del ataque a Estados Unidos del 11 de septiembre de ese mismo año, el movimiento social italiano se había organizado alrededor del llamado Génova Social Forum, un espacio de reunión de las corrientes que tenían la intención de contestar a la reunión oficial

Ante la presencia de por lo menos 300 mil personas en la ciudad italiana, el movimiento prometía organizar magnas protestas y amenazaba con romper el cerco (la llamada “zona roja”) que el gobierno había instituido en el centro histórico de Génova. Tras el primer día de manifestaciones pacíficas, el 20 de julio se desató la represión policíaca que, provocada aparentemente por los actos vandálicos de algunos manifestantes vestidos de negro, arrastró con todas las marchas que se dirigían hacia el centro de la ciudad. Ese día se recordará después sobre todo por la muerte del joven manifestante Carlo Giuliani quien, durante los enfrentamientos con los cuerpos antimotines, recibió un balazo en la cara por parte del también joven carabinero Mario Placanica.

El 21 de julio una marcha de magnas proporciones invadió la ciudad. A mitad del recorrido, la marcha fue otra vez atacada sin aparente razón por los cuerpos policíacos, que se dedicaron a golpear a los manifestantes y a detener a cuantos podían. Las decenas de denuncias de tortura sufridas en las celdas de la cárcel de Bolzaneto llegaron semanas después. Esa noche del 21 de julio, cuando un gran número de manifestantes se retiraba de la ciudad, la policía italiana decidió desalojar el centro de medios del GSF instalado en la escuela primaria “Armando Díaz” concedida por la municipalidad local al movimiento social.

El cateo previsto inicialmente se convirtió desde el primer momento en un asalto realizado con lujo de violencia y una larga lista de abusos. A las 21 horas de esa noche, los cuerpos antimotines entraron a la escuela dejando 93 heridos, charcos de sangre en cada uno de los cuartos de los edificios, dos días en coma para unos de los manifestantes arrestado. Michelangelo Fournier, funcionario investigado por los hechos, al hablar del escenario de violencia que presenció, dirá frente a los jueces: “Parecía una carnicería mexicana”.

Para justificar la “rudeza” de la intervención, primero los entonces jefes de la policía local narraron una agresión sufrida por parte de algunos manifestantes que se alojaban en el edificio. La versión fue desmentida por los jueces. Luego, aportaron como “evidencia” en contra de los manifestantes la existencia de dos botellas incendiarias en el interior del edificio.

Años después, los jueces vieron claramente en un video a dos funcionarios de policía ingresar al edificio con esas botellas y salir pocos minutos después con las manos vacías. Tras los acontecimientos, no sólo fue condenado Gianni De Gennaro por haber instigado a sus subordinados a mentir frente a los jueces que investigaban los hechos, sino también fueron condenados 25 oficiales mandos medios de la policía italiana.

En la intervención final antes de la condena del 18 de mayo, el fiscal Pio Machiavello afirmó: “No se pueden olvidar las terribles heridas procuradas a personas inermes, la premeditación, los rostros cubiertos, la falsificación de los testimonios, la detención de 93 manifestantes, las mentiras acerca de su presumida resistencia. Ni se puede olvidar la sistemática e indiscriminada agresión y la tentativa de endosar a todos los detenidos las dos botellas incendiarias que, al contrario, fueron llevadas por los policías mismos”.

G8: seguridad y estado de excepción

5 luglio 2007 1 commento

El presente artículo fue publicado en el periodico mexicano La Jornada el día 9 de julio de 2007
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El operativo de seguridad aplicado por la policía alemana durante la cumbre del G8 en la localidad de Heiigendamm y en Rostock, “no ha tenido precedentes” según los numerosos testimonios no sólo de los activistas que en esos días se concentraban en el norte de Alemania para protestar, sino también por parte de algunos diputados federales que ya desde antes de la reunión gubernamental denunciaban los riesgos de una exageración en la aplicación de las medidas de seguridad que hubieran podido “desembocar en la violación del estado de derecho”. 12mil policías antimotines fueron desplegados en la región a protección del área restringida alrededor de la localidad balnearia que hospedó los 8 lideres mundiales y a protección del aeropuerto civil de Rostock, convertido, por la ocasión, en verdadera base militar. Sin embargo el numeroso contingente policiaco fue nada más el aspecto más visible de un sistema de seguridad – y de persecución – que pone serias dudas y algunas certezas acerca del estado de la democracia en que se encuentran los territorios que hospedan este tipo de cumbre internacionales.
La campaña de seguridad aplicada por el gobierno alemán, a través de la Procuradora federal Monika Harás, ampliamente coadyuvada por los medios locales, ha tratado de golpear y romper el amplio frente que se organizaba en contra del G8 ya desde antes de que empezaran las protestas. La punta del iceberg hoy es representada por los dos activistas acusados de “asociación subversiva con finalidad de terrorismo” a raíz de los cateos de decenas de casas en toda Alemania el pasado 9 de mayo. Sin embargo, esas largas semanas que antecedieron la cumbre están caracterizadas por el abuso gubernamental del instrumento legal – vía poder judicial – para detener la protesta: jueces preparando ordenes de cateo, jueces ratificando áreas prohibidas, otros anulando las mismas, otros más confirmándolas. Un largo ballet que involucró hasta a la Suprema Corte alemana. Finalmente llegaron los días de protesta. Con el pretexto de los enfrentamientos del primer día – el 2 de junio, el día de la llamada Batalla de Rostock -, la policía tuvo manos libres para aplicar todo su poder de control, acoso y represión en contra primero de los manifestantes y, luego, en contra de la ciudadanía misma. De un día a otro, Rostock despertó invadida por miles de policías instalados en decenas de retenes esparcidos en las calles y alrededores del centro de la ciudad. Para quienes caían en la espesa red de control – la mayoría de las veces por simples sospechas -, la policía había preparado grandes jaulas de malla metálica en las cuales los detenidos pasaron horas de aislamiento sin poder comunicar siquiera con abogados o miembros del equipo legal organizado por los activistas. Durante más de una semana, la policía mantuvo en estado de sitio la ciudad de Rostock, asumiendo con arrogancia el control de facto del territorio. Tanta arrogancia sin embargo no sirvió el último día durante el cual el dispositivo de seguridad fue rebasado, como fue mencionado, por la protesta. En esas horas el estado de derecho ya duramente atacado por los operativos descritos fue definitivamente vencido por el utilizo anticonstitucional de tropas del ejercito federal alemán en tareas de policía como ampliamente demostrado por cientos de imágenes y videos.
Lejos de sorprender, el dispositivo de seguridad utilizado en Rostock y la campaña represiva que lo antecedió tiene que hacernos reflexionar primero acerca del significado simbólico que el G8 y otras estructuras internacionales quieren representar; segundo acerca del estado de la democracia formal que rige países tan supuestamente avanzados como Alemania. En el primer caso, sigue persiguiéndonos la duda de la obscura razón de insistir en llevar a cabo las cumbres en territorios en donde tan fácilmente se pueden llevar a cabo las protestas. La búsqueda simbólica de legitimidad ha perdido sentido hace muchos años y los gobiernos encargados de organizar las cumbres oficiales ya no hacen esfuerzos en esconder el hecho de que lo que realmente sucede es que ocho presidentes invaden con sus ejércitos el territorio, lo controlan y reprimen toda forma de protesta. Si el plan es manifestar el abuso y arrogancia de unos cuantos que pretenden gobernar al mundo, el objetivo se cumplió. Una vez más vimos que lo que tratan de vender como estado de excepción se confirma en convertirse estado de guerra permanente, la guerra asimétrica de los ejércitos de los poderosos en contra de las poblaciones locales y de quienes protestan. En el segundo caso, si la democracia real ha perdido su identidad hace mucho tiempo en el laberinto de siglas y acrónimos de organizaciones internacionales que deciden por encima de cualquier soberanía, la democracia formal comienza a chirriar también ahí en donde se creía más conservada. En este sentido, un aspecto interesante y que acercará más los lectores a la realidad que se vivió – ¿y aún se vive en Europa? – fue la recurrencia constante al poder judicial hasta su último grado cual arbitro y, en cierto casos, garante de los derechos democráticos. Lo más probable, cuando los ejércitos ocupan las calles y los jueces son llamados a frenar o ratificar la acción represiva gubernamental, es que en el sistema democrático algo anda mal.

El Movimiento de Rostock

17 giugno 2007 1 commento

El presente artículo fue publicado en el periodico mexicano La Jornada el día 28 de junio de 2007

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Las recientes protestas organizadas y practicadas en ocasión de la cumbre del grupo de los 8 países más industrializados del planeta (G8) han dado muestra de algo distinto al movimiento de protesta como lo hemos visto a partir de 1999 en Seattle y luego en decenas de cumbre internacionales. Algo diferente y algo nuevo. Algo del cual convendrá hablar en futuro. Algo que quizás pueda ser el germen de un nuevo movimiento, o cuanto menos de una nueva forma de ser del movimiento en Europa. Antes que todo, es evidente la falta de un nombre que reconozca las nuevas identidades vistas en Alemania a principio de junio. Se ha definido no-global el movimiento que se consideró concluido con las protestas de Génova. Se han definido altermundistas, en particular modo los que no sólo protestaban, sino que se reunían y estudiaban alternativas sustentable al (sub)desarrollo promovido por el capitalismo global. Hoy estas definiciones difícilmente se acoplan a la realidad observada en Alemania. Las razones son sencillas y muestran en toda su claridad las nuevas complejidades y potencialidades de esa multitud que, por primera vez en la historia de este tipo de movilizaciones, pudo rodear y bloquear la cumbre del G8.

Antes que todo, las miles de personas que se reunieron en el norte de Alemania para protestar en contra del G8, esta vez no iban a platicar ni a dialogar. Iban a protestar. Y lo hicieron. Paralelamente a las protestas fue organizada una cumbre alternativa que reunió varias centenares de personas. Sin menospreciar este dato, sin embargo salta a la vista que las decenas de miles que el primer día de protesta (el 2 de junio) marcharon en las calles de Rostock, no iban a las reuniones y talleres, sino que andaban en la calle, gritando consignas y protestando. Es más, los enfrentamientos y choques entre manifestantes y policía que duraron más de tres horas en la tarde de ese día, si bien está comprobado tuvieron buena dosis de provocación por parte de la policía alemana, no fueron un accidente, una casualidad. Los casi 100mil de esa marcha no escaparon, no se retiraron, no se fueron. Cuando empezaron los enfrentamientos, todos estaban ahí y todos resistieron y atacaron. El dialogo está en el movimiento, entre sus componentes. Con el G8 este movimiento no quiso y no quiere dialogar: simplemente lo atacó.

El movimiento de Rostock además demostró una gran unidad de intenciones y de prácticas. A pesar de reunir grupos, organizaciones y colectivos con procedencias y perspectivas muy distintas – desde los anarquistas hasta los protestantes -, la multitud reunida en Alemania desde un principio acordó una agenda de protestas y supo llevarla a cabo con gran coherencia resistiendo, no sólo al cansancio y a los eventos en ocasiones no previstos, sino que también a la presión generada por la prensa alemana y la represión gubernamental. Los enfrentamientos del 2 de junio fueron sólo un episodio de la semana de movilizaciones, sin embargo medios de prensa y autoridades se empeñaron en aprovechar los eventos para criminalizar al movimiento, mancharlo y acusarlo de violento y, por ende, tratar de dividirlo. La madurez de este movimiento, sin embargo, impidió el desmoronamiento del mismo. A pesar de las desafortunadas declaraciones de los dirigentes de algunas de las organizaciones más moderadas en el panorama de la protestas, la gran mayoría de la gente – inclusive la base de dichas organizaciones – sin evadir el debate interno, supo mantener la unidad suficiente para llegar al último día con aún mayor fuerza. Si las prácticas no se comparten simplemente no se practican, pero nadie se hace a un lado, nadie se disocia.

Sin embargo la novedad mayor de esta que cada día parece más una nueva fase del movimiento en contra de la globalización neoliberal en Europa, es determinada por la composición de esta multitud y la actitud mantenida durante más de una semana. Por un lado, es por subrayar la mayoritaria presencia de jóvenes, organizados y no, que animaron las protestas. Una generación entera, de jóvenes entre los 20 y 30 años compuso el movimiento de Rostock, le dio vida y contundencia. Ellos lanzando piedras a la policía, ellos marchando en los campos de trigo y bosques, ellos organizando asambleas, ellos festejando, ellos resistiendo, ellos comunicando. Una generación de jóvenes que hoy salen de sus países y atraviesan Europa, construyendo esa Europa unida desde abajo que arriba no han podido aún entender. Por el otro lado, la actitud de esto jóvenes. Indignación por la presencia del G8 en tierra alemana, determinación en la acción y práctica cotidiana fueron las facetas de un deseo compartido que tenía un solo claro objetivo: hacer el capitalismo historia. Las protestas no fueron sólo un acto simbólico, sino que fueron la muestra concreta de la construcción cotidiana de comunidad rebelde e incompatible. Suficiente era observar cómo los muchachos se movían en las calles, cómo organizaban la vida diaria en los campamentos, cómo gestionaron los cientos de canales de comunicación previamente construidos, cómo se relacionaban entre sí – entre idiomas y culturas distintas. Un movimiento con mil caras capaces de dialogar, construir y actuar en común. Una potencia que en Rostock se mostró y ganó esta batalla. Golpeó cuando había que golpear. Fue creativo cuando había que ser creativos. Y que al final pudo gritar: “We are winning”.

Protestas al G8 en Alemania

11 giugno 2007 Lascia un commento

Estuve en Rostock cubriendo las protestas para el periódico mexicano La Jornada.
Aquí los links de lo publicado:

Por un analisis de las protestas:

Señalo ¿Qué hacer en caso de victoria? escrito por Vittorio Sergi, colega y compañero de camino, publicado en el blog de 62r.