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Guido Picelli, comandante antifascista

18 aprile 2010 Lascia un commento

El presente artículo fue publicado en el periodico mexicano La Jornada el día 18 de abril de 2010
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¿Cómo se define un héroe? ¿Por sus gestas? ¿Por su actitud frente a la vida? ¿Por la dinámica de su muerte? ¿O simplemente por algún aislado episodio en su existencia? Cualesquiera sean las respuestas, hay personajes en la historia de la humanidad que, logrando reunir esos y otros requisitos, obligan – incluso a quienes no somos partidarios de las definiciones grandilocuentes – a buscar adjetivos y descripciones capaces de distinguir una vida de la otra. Diferenciar las vidas dedicadas a la normalidad del cauce planteado por el poder establecido, de las vidas guiadas por ideales y principios tan firmes y claros que no permiten la corrupción ética por parte de las épocas históricas o de los miedos en los tiempos difíciles.

El italiano Guido Picelli era así: un valiente de firmes convicciones. Una persona congruente, se podría decir. O más bien una persona que nunca se rindió. Nunca, ni frente a sus enemigos, tan poderosos como lo fue el gobierno fascista de Benito Mussolini, ni frente a los supuestos “compañeros” que lo orillaron, por así decirlo, el 5 de enero de 1937, a morir de un balazo que le perforó el corazón de atrás hacia delante – así es: por la espalda – mientras demostraba sus capacidades y su generosidad frente a su batallón en la Guerra civil en España.

EL HÉROE DE LOS “CINCO DÍAS”

El 9 de octubre pasado, en la ciudad italiana de Parma, en el norte de la península, un grupo de ciudadanos clamaba al gobierno municipal un monumento por el paisano Guido Picelli, olvidado por la historiografía oficial, y, sin embargo, desde hace noventa y un años vivo en el corazón de la memoria colectiva de aquella ciudad. El 9 de octubre se recordaba, en una modesta ceremonia, el nacimiento de Picelli en Parma, sucedido en 1889. Y se clamaba por un monumento digno de ese hombre, hijo de esas tierras que defendió heroicamente en agosto de 1922. En efecto, en aquel mes, al frente de unos cuatrocientos antifascistas, reunidos en un frente único – concepto estratégico-político muy querido por el italiano -, Picelli logró resistir durante cinco días a miles de fascistas armados que, al mando del jerarca Italo Balbo, intentaban tomar la ciudad de Parma. El héroe de los “cinco días de Parma” fue diputado del Partido Socialista Italiano, independiente en las listas del Partido Comunista Italiano (PCI), siempre convencido militante antifascista, fundador de la histórica organización Arditi del Popolo (literalmente: Intrépidos del Pueblo), que se planteaba la resistencia armada frente a las oleadas violentas del incipiente régimen fascista. Mientras los más se quedaban a la espera de los eventos, cuando muchos no creían en la amenaza fascista, durante esos años Picelli combatió al fascismo, poniendo en riesgo antes que todo su propia vida.

La historia de Guido Picelli es poco conocida, inclusive en Italia. Las razones son de diferente índole. No fue solamente la necesidad de aislar la memoria de quien en la última etapa de su vida se había convertido en un obstáculo al diseño “comunista” pensado en Moscú por Stalin y avalado en Italia por Palmiro Togliatti, el histórico secretario del PCI; fue también la necesidad de acotar y poner a la sombra la capacidad de un antifascista que había entendido desde un principio el peligro fascista en Italia y había comprendido que la resistencia unitaria y firme era cosa necesaria y útil. Sus llamados a la unidad entre antifascistas, comunistas, socialistas, anarquistas y luchadores sociales de otra índole, así como sus tácticas desarrolladas en el frente de batalla (y no en las oficinas de los partidos), no fueron escuchadas ni en ese entonces, cuando el fascismo se iba imponiendo con el garrote; ni más tarde, cuando Picelli se asomó durante unos meses en el frente republicano durante la Guerra civil en España.

No obstante lo anterior, en años recientes, la tenaz voluntad del colega (y muy estimado amigo de quien escribe) Giancarlo Bocchi – director de cine, periodista y fiero conciudadano de Guido Picelli – permitieron la publicación de documentos inéditos que arrojan nueva luz acerca de la vida del antifascista italiano. Dichos documentos se suman a otra obra literaria, La grande cruzada, publicada en 1940 y escrita por Gustav Regler, escritor amigo de Hemingway e importante comandante de las Brigadas Internacionalistas, en las que Picelli es descrito no sólo por la gran fama que le rodeaba desde los años veinte en toda Europa, sino por el papel que desempeñó en calidad de oficial de los Internacionalistas.

ACOSO Y AMENAZA

Tras la victoriosa batalla de Parma y ya diputado en el claudicante Parlamento italiano, Guido Picelli se convierte en objetivo prioritario de la represión fascista. En 1923, un disparo a pocos metros de distancia le deja nada más una cicatriz en la frente, gracias a los prontos reflejos del militante. Un año después, el 31 de diciembre de 1924, una nota periodística clandestina denunciaba que “también el compañero Picelli debía de ser suprimido” por la policía fascista. La noticia reportaba las confesiones de un sicario fascista, Vincenzo Tonti, quien, bajo encargo de la policía de Roma y de Parma, tenía la encomienda de “golpear hasta la sangre o desaparecer al diputado Picelli”. El atentado, que de haberse realizado habría seguido al trágico asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti del 10 de junio de 1924, no se llevó a cabo sólo porque el sicario desistió en virtud de que pudo “apreciar sus (de Picelli) óptimas calidades de ánimo y sus acciones dignas de un verdadero caballero”. El sicario se arrepiente y Picelli tiene salva la vida.

Ya bajo estas condiciones de acoso y amenaza, fomentadas también por las audaces acciones de Picelli, quien, por ejemplo, el primero de mayo de 1924, burlando los controles fascistas, puso la bandera roja con la hoz y el martillo en el Parlamento italiano, tras ser detenido, logra escapar primero a Bélgica y luego hasta la Unión Soviética. Es durante su permanencia en Moscú que Picelli entra en conflicto con el comunismo promovido por Stalin. Él, definido como el “comandante militar” o el “mayor hombre de acción” del Partido Comunista Italiano, se encuentra inmiscuido en las luchas intestinas al comunismo soviético, terminando por ser puesto bajo sospecha primero, y abiertamente acosado después, por el régimen de Stalin. Entre los documentos hallados por Bocchi en los archivos de Moscú, se encuentra la carta que Picelli, desilusionado y al borde de la depresión, envía el 9 de marzo de 1935 a Palmiro Togliatti, líder incontestado del PCI. En ella, el antifascista de Parma escribe: “Después de ser despedido por la Escuela leninista y por el Comintern, me orillan a pensar que alguien me considera incapaz y que la experiencia de la guerra [la primera guerra mundial] y de la guerra civil [en contra del fascismo en Italia] no ha servido de nada”. El líder italiano, uno de los mejores amigos de Stalin, interviene aislando aún más a Picelli. Consciente de estar a un paso de los campos de trabajo de Stalin, decide escapar. No sin dificultad, llega primero a París y de ahí a España, en donde ya había estallado la Guerra civil entre la República y los reaccionarios de Francisco Franco.

COMANDANTE INTERNACIONALISTA

Comienza así la última etapa de la vida de Guido Picelli. En París, el italiano antifascista entra en contacto con los dirigentes de Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), la escisión contraria a Stalin del Partido Comunista Español. El dirigente, Andrés Nin, propone a Picelli ser comandante de un batallón del Partido en la guerra que ya se está peleando en la península ibérica. Sin embargo, en España, la noticia de la próxima llegada del comandante Picelli llega antes de que él mismo tome una decisión. Los voluntarios italianos exigen ser dirigidos por él. Los dirigentes del PCI en España ya no saben qué hacer: ¿rechazar al que Togliatti había definido “el compañero italiano sin partido” o aceptarlo por aclamación popular? Finalmente, el PCI, que no puede permitir que uno de los suyos se pase a la oposición del POUM, envía un embajador, quien convence a Picelli de convertirse en comandante del Noveno Batallón de las Brigadas Internacionales. El riesgo es enorme y el antifascista italiano lo sabe: está a punto de entrar en las filas de los estalinistas, justo después de la ruptura en Moscú. Sin embargo, acepta, quizás ilusionado con poder construir ahí, en esas brigadas internacionales, la unidad antifascista que anduvo buscando y creando durante toda su vida.

Tras un escaso mes de entrenamiento, durante el cual – cuenta la leyenda – los internacionalistas bajo el mando de Picelli tenían tantas ganas de pelear bajo su mando que inclusive protestaron frente al comandante demandando que ya se lanzaran a la batalla, los mandos comunistas le quitan el puesto al comandante italiano y le encargan “solamente” una compañía. Picelli comprende que, quizá, tras esa decisión se encuentra la mano de los estalinistas. Pero los demás que lo acompañan parecen no entender a plenitud la situación. En La grande cruzada, Regler escribe: “¡Picelli merecería el mando de una brigada!” En el mismo libro, el autor cita al comandante supremo de la XII Brigada: “¿Cómo puedo decirle que lo admiro? Quisiera que supiera que todos pensamos que es un gran hombre”. Luego al mismo comandante de la Brigada Garibaldi, aquel Randolfo Pacciardi afín a la línea estalinista del PCI: “Quisiera entregarle el mando, según yo él es uno de los grandes italianos”.

En una entrevista recogida por Bocchi hace un año, Antonio Eletto, uno de los últimos sobrevivientes de la Brigada Garibaldi, hoy de noventa y cinco años de edad, quien dice haber conocido “muy bien a Picelli” por haber peleado bajo su mando, cuenta: “Picelli era un gran hombre. Aunque yo fuera un soldado raso me trataba como a un hermano”. Y confirma los múltiples testimonios que describen al comandante antifascista italiano como a una persona valiente, inteligente, con la mirada y la actitud segura, pero también por sus cualidades físicas, es decir alto, fuerte, e inclusive “de buen parecer”. Dice Eletto: “Se parecía mucho al actor Vittorio De Sica [actor y director del neorrealismo italiano]. Parecían gemelos: misma sonrisa irónica, mismo bigote, misma compostura”.

Con todo y los obstáculos internos, Picelli se distinguió en batalla como ya lo había hecho en Parma y en otros muchos episodios en la Italia fascista.

MUERTO EN BATALLA

Pocas semanas después, tras conquistar el monte El Matoral, posición estratégica a un centenar de kilómetros de Madrid, una bala perdida cruzó de parte a parte el corazón de Picelli. Entrando por la espalda, la bala le rompió el corazón y lo dejó en el terreno recién liberado por el sueño libertario de los Internacionalistas. La muerte de Picelli tuvo lugar la tarde de ese lejano 5 de enero de 1937. Muerto en batalla.

En Parma – y en muchos otros lugares – falta un monumento digno que reconozca las gestas heroicas, el valor y la audacia, la generosidad, la perspicacia y la claridad de visión del comandante antifascista Guido Picelli. En toda Italia, sin embargo, existen calles y algunas plazas dedicadas al antifascista italiano. En su ciudad natal, una placa adorna una esquina de la calle Borgo Cocconi y dice de Picelli:

Brillante expresión del heroísmo popular. Caudillo, animador incansable, firme defensor de nuestra ciudad en contra de las oleadas fascistas en 1922 encabezando los intrépidos del pueblo, diputado comunista en el Parlamento, en las cárceles fascistas ejemplo para los compañeros, se inmoló en tierra de España en 1937 combatiendo por la Libertad en la pauta marcada por la tradición de Garibaldi. Vivirá eternamente en la memoria de los pueblos.

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La Risiera de San Sabba

13 dicembre 2009 Lascia un commento

El presente artículo fue publicado en La Jornada Semanal, suplemento dominical del periodico mexicano La Jornada , el día 13 de diciembre de 2009
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“¡Ya basta!”, grita un hombre desde el fondo. El grito es tan fuerte y tan digno, que la bola de personas frente a él y que le impiden la vista, se voltea en grupo. El orador, el alcalde de esta triste Trieste se mantiene firme, pero calla por no tener ya público. Es el 27 de enero de 2006, el llamado Día de la Memoria. El gobierno de derecha lo acaba de instituir en honor a todos los muertos que, con su vida, pelearon para que no hubiera más muerte del orden científico impuesto por los nazis en los años treinta y cuarenta.

“¡Ya basta!”, grita el viejito, apoyado en su bastón. “Ya basta de babosadas, los muertos no son iguales, quien peleó para la liberación y en contra del fascismo, fuera italiano o alemán, ha luchado toda su vida. Desde antes que algunos decidieran impedir la barbarie. Es fácil ahora decir que hubo fascistas que se opusieron a la matanza nazi, ¿pero dónde andaban cuando Mussolini ordenó las leyes raciales en 1938? ¿Qué hacían cuando empezaban a deportar gente a Alemania? ¿Qué pensaban cuando los eslovenos y croatas eran discriminados? ¿Eh?”

La voz del hombre cae como una repentina helada sobre las buenas conciencias que hoy se reúnen en este triste lugar, con la historia más triste y oscura de Trieste. El alcalde, del partido de derecha, apoyado por los partidos herederos directos del Partido Nacional Fascista, tiembla. Quería que pasara el mensaje clave de la política de esta ciudad: la muerte los hace a todos iguales. Los muertos defendiendo la caída del fascismo y los muertos para liberar Italia y Trieste de los nazis. “No –dice el hombre– aquí se murió de un solo lado.”

En 1943, el entonces gobierno italiano, involucrado en la segunda guerra mundial al lado de la Alemania de Hitler, decide retirar el cargo a Mussolini, lo acusa de haber metido a Italia en una tragedia, lo encarcela y, al cabo de un par de meses, el 8 de septiembre, anuncia la firma del armisticio con los aliados angloamericanos. El gobierno se escapa al sur del país, ahí en donde los aliados ya están presentes. Es el fin de la guerra para Italia pero no para los italianos, pues de Roma hacia el norte el país se encuentra ya sin un gobierno. En el transcurso del mes de septiembre, todo el norte italiano es invadido por las fuerzas de Hitler. La mayor parte del territorio es dado al nuevo gobierno de Mussolini –que los alemanes liberan. Sin embargo, hay una región en particular que Hitler considera estratégica y no quiere ceder al control del “incapaz” aliado italiano. Es el llamado “Litoral Adriático” (Adriatisches Kustenland), el territorio que iba desde Ljubljana, actual capital eslovena, hasta Udine, en Italia, por un lado y, hacia el sur, comprendía toda la península de Istria. Al centro de este territorio, Trieste, la ciudad puerto del Imperio Asbúrgico, la ciudad de los miles de idiomas, la ciudad cosmopolita que Mussolini trató de hacer italiana sin lograrlo, pues en Trieste, hasta la fecha, decenas son los idiomas que se hablan, decenas son las religiones que se profesan. En Trieste, Hitler quiere su mando central de la región. El problema para los alemanes ahora es limpiar la región de la presencia de los partisanos y de los que considera su enemigo natural: judíos, gitanos, minorías eslavas y todos los italianos que traicionaron la causa nazi.

Es por eso que escoge un lugar y ahí funda el único campo de exterminio que hubo en Italia, en cuyo horno encontraron la muerte al menos 5 mil personas en sólo un año (el horno se inaugura el 4 de abril de 1944, la ciudad se libera el 29 de abril de 1945). Además de la eliminación física, el espacio fue lugar de tránsito y de reordenamiento de las miles de personas que eran capturadas y luego enviadas a otros campos. El último viaje de deportación salió de Trieste rumbo a Bergen Belsen el 24 de febrero de 1945.

La Risiera di San Sabba debe su nombre a la original destinación de los edificios que la componen (“riso”, en italiano, significa “arroz”) y al barrio en el cual se encuentra, San Sabba, zona en ese entonces marginal de la ciudad, ahora englobada por la expansión urbana. Hoy el lugar está rodeado por unidades habitacionales y el estadio de futbol del equipo local; sin embargo, no ha perdido su característico verticalismo que lo hace, a los sabedores de la historia, tétrico en su imponente estructura.

En 1965, el entonces presidente de la República declara el lugar Monumento Nacional, “por su relevante interés histórico y político”. Desde ese entonces el lugar se puede visitar y en él se llevan a cabo cada año las celebraciones del Día de la Liberación (el 25 de abril) y, desde 2000, el Día de la Memoria. Pero no sólo es monumento, sino que también se ha convertido en museo viviente de las atrocidades cometidas por los nazis y sus colaboradores italianos en el territorio de Trieste.

Un edificio, el central, de seis pisos, rodeado por otros tres más pequeños. El edificio central hoy con serva el aspecto de los que fueron los cuartos de la milicia nazi que ahí se hospedaba. A un costado del enorme edificio, en el lado occidental del mismo, sigue la marca de lo que era el horno (los alemanes, en su fuga, lo tumbaron con explosivos la noche entre el 28 y 29 de abril de 1945), en el cual hallaron la muerte miles de personas. Del mismo lado queda parte del patio que hoy está encerrado por un alto muro de cemento que lo separa de la calle. Frente a lo que queda del horno y contra el muro, encontramos una escultura en hierro que representa al humo que salía de la chimenea que ahí se encontraba. Del lado opuesto, el lado oriental del edificio principal, hay otro patio, hoy adornado con árboles. A la izquierda de dicho patio se encuentra ahora la entrada al monumento. Un pasillo entre dos altas paredes de cemento conduce por cincuenta largos metros al lado izquierdo del edificio central. Inmediatamente a la derecha encontramos la llamada “celda de la muerte”, ahí en donde eran custodiados los destinados al horno. Un lugar horrible, sin luz ni aire. La sensación al entrar es la fría presencia de la muerte que ahí conocía sus víctimas, cuando éstas aún tenían el calor de los sueños de la vida que se iba a acabar de forma tan abrupta. Continúa a la derecha un edificio de dos pisos: la planta baja era la celda más grande en donde encontraban descanso los prisioneros, antes de ser repartidos en las diecisiete celdas del piso de arriba, o en las cárceles de la ciudad .

El complejo de edificios ocupa poco más de ciento cincuenta metros de longitud. Es tan pequeño que a un primer vistazo resulta difícil creer que haya podido contener tanta tragedia, tanta maldad, tanta cientí fica estupidez de la humanidad para permitir que esto sucediera. Por suerte ahí está, para que quienes lo visiten conozcan hasta qué límite llega la conciencia humana, para que quienes pasen enfrente sientan ese aire gélido que sale con fuerza del pasillo de entrada, para que quienes lo vean desde el transporte público que pasa a un lado sepan que eso puede repetirse, con tan sólo dejar que la injusticia y la prepotencia se apodere una vez más de las relaciones humanas.

Ahí está la Risiera di San Sabba, para recordarle a los italianos que los alemanes no fueron los únicos en tener el mal en casa. Ahí está para que ustedes, los que nos leemos, también sepan lo que Trieste, la ciudad de Maximiliano de Austria, tuvo algún día en su larga historia.

Trieste, ciudad multietnica

13 dicembre 2009 Lascia un commento

El presente artículo fue publicado en La Jornada Semanal, suplemento dominical del periodico mexicano La Jornada , el día 13 de diciembre de 2009
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El pasado 5 de noviembre se celebraron los cincuenta y cinco años del llamado “regreso” de Trieste a Italia. Ubicada en la delicada fron-tera oriental de la península italiana, Trieste representa hoy el punto de encuentro inevitable entre Europa occidental y los Balcanes. Y es ahí, en ese encuentro, que Trieste tiene incrustada su historia y sus conflictos, pero también sus sueños frustrados.

Luego de entregarse, por decisión unánime del gobierno del “Libre común de Trieste”, al gobierno de Viena en 1382, Trieste vio un crecimiento constante bajo el impulso de los gobiernos de los emperadores que se sucedieron a la guía del imperio de Austria. Importante fue la obra de la emperatriz María Teresa, primera mujer en dirigir al incipiente imperio, que bonificó amplias áreas de la ciudad dejadas al abandono, hizo del puerto de Trieste un “puerto franco”, abrió espacios importantes a la cultura y a las artes y, junto al Edicto de Tolerancia, proclamado en 1781 por su sucesor, el iluminado emperador José ii , transformó a la ciudad de Trieste en un importante centro comercial, cultural y político. Particularmente importante resultó ser dicho Edicto, pues fue a partir de este evento que Trieste se convirtió en una ciudad más tolerante, en la que aún hoy sobreviven iglesias y templos de distintas religiones. Es de esta manera, y gracias a otras medidas que favorecieron ya en el siglo XIX la acogida para los perseguidos políticos de otros territorios, que Trieste se convirtió rápidamente en una ciudad abierta, multiétnica y en la que los idiomas hablados, más allá del oficialista alemán y el más común italiano, comprendieron el esloveno, el croata, el español, el inglés, el árabe. Es en este contexto que, desde el espléndido Castillo de Miramar zarpó, en 1864, el archiduque Maximiliano para llegar hasta México, en donde encontró la muerte en 1867 a manos de las tropas de Benito Juárez.

Hoy la ciudad de Trieste, rodeada al sur y al oriente por los territorios de Eslovenia, tiene su puerto apuntando inexorablemente hacia el norte. Desde la plaza central de la ciudad, Plaza Unidad de Italia, la más grande plaza europea con vista al mar, se puede observar la silueta blanca del antiguo Castillo de Miramar, tras el cual sigue la costa que queda a la derecha del panorama. Al frente, el mar, el Golfo de Trieste, que termina pocas decenas de kilómetros más adelante. De ahí una amplia llanura rodeada a su vez por el principio de los Alpes. Es así que, en un día despejado (fácil de conseguir gracias al viento Bora que caracteriza esta ciudad), no es difícil alcanzar a ver, manteniendo atrás los antiguos palacio s austriacos, el puerto, luego el mar y finalmente los Alpes, blanqueados en las cumbres por la nieve permanente que las puebla.

En un escenario casi idílico –y que suena así, aunque las contradicciones nunca han faltado– terminó el siglo XIX y con él comenzaron las discordias, que luego fueron confrontaciones, enfrentamientos y finalmente choque abierto entre las decenas de almas que poblaban la ciudad. De manera especial, en el contexto de un constante alejamiento entre los antiguos aliados, Italia y Austria, la comunidad italiana comenzó a alimentar lo que hoy se conoce como el “irredentismo” –palabra no traducible–, es decir el movimiento que reivindicaba la “italianización” de la ciudad de Trieste y otros territorios poblados en su mayoría por italianos, pero que aún se encontraban bajo el gobierno austriaco. El origen del movimiento irredentista italiano tenía su contexto en un movimiento más amplio, que la historiografía define como Risorgimento, y que, entre 1848 y 1870, produjo la Unidad de Italia tras la “liberación” de amplios territorios de la península antes en manos de los gobiernos de Austria, de España, de Francia y del Papa. Fue ese un movimiento de origen “romántico”, en el que el concepto de Nación nada tenía que ver con lo que se convirtió esa palabra en el siglo XX. Un movimiento político, sin duda, pero también cultural y filosófico que, al menos en sus pensadores más finos, buscaba simplemente la unidad de todos los territorios cultural e históricamente afines.

La historia lo demuestra y hasta las mejores intenciones son víctimas de la realpolitik. Fue así que el movimiento irredentista en Trieste no tardó en transformarse en un movimiento nacionalista y, tras protestas, atentados, conspiraciones, hechos violentos y no, logró poner en entredicho al gobierno austriaco. La realidad de esa lucha, que en su momento asumió los tonos de una verdadera “lucha de liberación”, es poco conocida o quizás ha sido injustamente tratada sólo por la historiografía de la derecha política, que aún hoy reivindica a sus mártires. Sin embargo, al menos un ejemplo hay que rescatar de entre quienes participaron y nunca tuvieron una visión excluyente de la movilización. Es el caso del escritor triestino Aron Hector Schmitz, quien, para dar testimonio de su visión adoptó, justamente en ese período tan tenso políticamente, el seudónimo de Italo Svevo, resumiendo en su nombre tanto la identidad italiana como la alemana. Raro ejemplo aquel; tan raro que al autor de Trieste se le recuerda más por sus excelentes obras literarias, como lo fueron La conciencia de Zeno y Senilidad, que por su empeño cívico.

En el altiplano que rodea la ciudad de Trieste y en los pocos kilómetros antes de llegar a la frontera con Eslovenia –misma que fue parte de la “cortina de hierro” que separaba el Occidente capitalista del comunismo, y que hoy sólo es un viejo recuerdo acostado en el territorio de la Unión Europea– la mayoría de la población es de origen esloveno. En una de las muchas cantinas típicas de estas zonas, las osmizas, aún aparece colgado un original de la comunicación emitida por el emperador austriaco Francisco José, en 1915. Ahí, el emperador señala a los italianos como a unos traidores, por haber entrado en la primera guerra mundial al lado de Inglaterra, traicionando la “vieja amistad” y, más concretamente, la Triplice Alianza. El acuerdo que orilla a Italia a participar en la guerra, tras un año de indecisión y debate parlamentario, fue precisamente la promesa, por la parte inglesa, de que, en caso de victoria, Trieste y los territorios limítrofes habrían sido italianos. El éxito de aquella guerra es conocido, y efectivamente Trieste y sus territorios terminaron en manos del gobierno italiano.

Con la asunción del poder por parte de Benito Mussolini, en 1922, la ciudad de Trieste se convirtió en el teatro principal del llamado “fascismo de frontera”, es decir la política fascista en los territorios orientales, en su mayoría –con excepción justamente de Trieste y de las ciudades de la costa más al sur– pobladas por eslovenos y croatas: italianización forzada de los nombres de la población, exclusión de los puestos públicos, acoso y persecución de la población no italiana, etcétera. En efecto, la historia habla de Trieste como del centro neurálgico de los cientos de acciones que de aquí se lanzaban territorio adentro, a perseguir tanto a opositores como a simples ciudadanos cuya única culpa era la de no ser italianos. Veinte años de fascismo que costaron miles de vidas, mucha violencia y mucha represión. Entre los personajes víctimas de la represión fascista en Trieste, vale la pena mencionar al comunista Vittorio Vidali, exponente de primer nivel del Comintern, y luego protagonista de varios episodios oscuros sucedidos lo mismo en Italia que durante la Guerra civil en España e incluso en México, pues las voces de muchos historiadores vinculan Vidali con la muerte de Julio Mella y del mismo Trotsky.

Es en este contexto que comienza una de las etapas más oscuras de esta ciudad, es decir, el período que va del 8 de septiembre de 1943 (fecha en que Italia firma el armisticio con los Aliados) hasta el celebrado 5 de noviembre de 1954. Abandonada por las tropas italianas, la ciudad es invadida a las pocas semanas por las tropas del ejército alemán. El gobierno alemán decidió instaurar en la ciudad el llamado Operationszone Adriatisches Küstenland, es decir, el mando alemán para las operaciones en el alto Adriático, el mar colindante de Italia, Eslovenia y Croacia. Además, el comando alemán estableció, en la que era la periferia de la ciudad, el único campo de concentración en territorio italiano. En la vieja fábrica de arroz, la Risiera de San Sabba, el ejército nazi levantó un pequeño campo para prisioneros. Característico de este campo, sin embargo, no fue el números de detenidos –relativamente pequeño– sino el importante número de ejecutados: la Risiera , en efecto, fue también el único campo de exterminio nazi fuera del territorio alemán. Aún hoy, a pesar de la demolición decidida a último minuto por las tropas nazis que escapaban, las marcas del antiguo horno siguen evidentes: ahí al menos trescientas personas encontraron la muerte. Los demás fueron deportados a campos muchos más conocidos, como Auschwitz-Birkenau y Dachau.

Tras la derrota militar, el 1 de mayo de 1945, las tropas alemanas abandonaban la ciudad. Y comenzaba, por el norte y por el sur, la falsamente llamada “carrera por Trieste”. Al sur, las tropas partisanas del mariscal Tito querían conquistar la ciudad, igualmente reivindicada por los yugoslavos. Más al norte, llegaban las tropas de Nueva Zelanda, que tenían la orden precisa de conquistar Trieste antes de que lo hicieran los comunistas de Tito. Sin embargo, las tropas yugoslavas llegaron primero y durante un mes ocuparon la ciudad. Fue hasta junio de ese año que los Aliados lograron convencer a Tito de retirarse de la ciudad, dejando el poder a un gobierno provisional aliado, y a comenzar las pláticas acerca del futuro de Trieste. Tras amplias negociaciones, en 1947, las partes involucradas decidieron: el territorio de Trieste y sus alrededores se dividía en dos partes. Trieste y sus territorios más cercanos formarían parte de la llamada Zona a , bajo un gobierno aliado, nombrado por la ONU; el territorio más al sur, también parte del contencioso, se transformaría en la llamada Zona b , bajo el mando provisional del gobierno yugoslavo. Las dos zonas, juntas, se llamarían Territorio Libre de Trieste (TLT).

Mientras en Italia se escogía la República en contra de la Monarquía (2 de junio de 1946), en Europa se definía el futuro equilibrio político y territorial, y en Yugoslavia se daba la ruptura entre Tito y Stalin acerca del futuro del comunismo mundial, Trieste seguía su doloroso camino hacia un futuro del que no se vislumbraba rasgo alguno. Durante casi una década, la mayoría italiana en la ciudad instrumentó protestas y movilizaciones no sólo para salir del limbo al que los ganadores de la guerra habían condenado a la ciudad, sino para que Trieste, a pesar de la derrota militar, regresara a ser italiana. Y a pesar de la importantes y contradictorias experiencias de los italianos de Trieste adscritos tanto al Partido Comunista Italiano como al Yugoslavo, así como a experiencias libertarias locales que pregonaban la creación de un territorio libre y autónomo en la ciudad, reivindicando la tradición multiétnica de ese territorio, la historiografía de la ciudad hoy en día no ayuda mucho a entender la real potencialidad que tuvo Trieste en ese período de su historia. Por desgracia, o simplemente por ineptitud, desde ese entonces la historia de la ciudad ha sido y sigue siendo prerrogativa de la derecha reaccionaria, esa misma derecha que desde la llegada del fascismo ha tratado de borrar cualquier identidad no italiana presente en el territorio. Ya sea por olvido, pero aún más por la embarazosa admisión de los excesos por la parte “comunista”, tanto de la facción más cercana a la línea dictada en Moscú como de la facción adherente a la línea de Tito, la historiografía de izquierda siempre ha preferido omitir la tragedia de las fóibas –las fosas comunes en donde encontraron la muerte algunos cientos de italianos durante la ocupación yugoslava– así como los crímenes del régimen fascista en todo el territorio de Trieste. Una sombra que pesa y que aún hoy es objeto de polémica y de silencios cargados de responsabilidad.

Es así que a partir del 5 de noviembre de 1954, Trieste, la última ciudad en ser italiana y uno de los últimos territorios cuyo destino fuera decidido tras la segunda guerra mundial, ha sido teatro de las disputas entre el gobierno italiano, localmente representado por la derecha reaccionaria, directamente heredera del fascismo de frontera, y la comunidad eslava (eslovenos y croatas, en su mayoría). Una disputa impar y que no ha escatimado violencia, agresiones y represión. Quizás sólo hoy, con la caída de la frontera debido a la presencia de Eslovenia en la Unión Europea y aun después de cinco décadas de gobierno italiano, se puede pensar en restablecer los antiguos sueños de una convivencia civil entre nacionalidades, culturas e idiomas distintos. Quizás sólo hoy Trieste tiene la posibilidad de dar cabida plena a la ciudad mitteleuropea pregonada por otros de sus grandes intelectuales, Claudio Magris.

La Risiera di San Sabba, el único campo de exterminio en Italia

25 novembre 2006 Lascia un commento

La Risiera de San Sabba
de Matteo Dean

“¡Ya basta!”, grita un hombre desde el fondo. El grito es tan fuerte y tan digno, que la bola de personas frente a él y que le impiden la vista, se voltea en grupo. El orador, el alcalde de esta triste Trieste se mantiene firme, pero calla por no tener ya público. Es el 27 de enero, el llamado Día de la Memoria. El gobierno de derecha lo acaba de instituir en honor a todos los muertos que, con su vida, pelearon para que no hubiera más muerte del orden cientifico impuesto por los nazis en los años treinta y cuarenta.
“¡Ya basta!”, grita el viejito, apoyado en su bastón. “Ya basta de babosadas, los muertos no son iguales, quien peleo para la liberación y en contra del fascismo, fuera italiano o alemán, ha luchado toda su vida. Desde antes que algunos decidieran impedir la barbarie. Es fácil ahora decir que hubo fascistas que se opusieron a la matanza nazi, ¿pero dónde andaban cuando Mussolini ordenó las leyes raciales en 1938? ¿Qué hacían cuando empezaban a deportar gente a Alemania? ¿Qué pensaban cuando los eslovenos y croatas eran discriminados? ¿Eh?”.
La voz del hombre cae como una repentina helada sobre las buenas conciencias que hoy se reúnen en este triste lugar, con la historia más triste y oscura de Trieste. El alcalde, del partido de derecha, apoyado por los partidos herederos directos del Partido Nacional Fascista, tiembla. Quería que pasara el mensaje clave de la política de esta ciudad: la muerte los hace todos iguales. Los muertos defendiendo la caída del fascismo y los muertos para liberar Italia y Trieste de los nazis. “No”, dice el hombre, “aquí se murió de un solo lado”.

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En 1943, el entonces gobierno italiano, involucrado en la Segunda Guerra Mundial al lado de la Alemania de Hitler, decide retirar el cargo a Mussolini, lo acusa de haber metido Italia en una tragedia, lo encarcela y, al cabo de un par de meses, el 8 de septiembre, anuncia la firma del armisticio con los aliados angloamericanos. El gobierno se escapa al sur del país, ahí en donde los aliados ya están presentes. Es el fin de la guerra para Italia. Pero no para los italianos, pues de Roma hacia el norte el país se encuentra ya sin un gobierno. En el transcurso del mes de septiembre, todo el norte italiano es invadido por las fuerzas de Hitler. La mayor parte del territorio es dado al nuevo gobierno de Mussolini – que los alemanes liberan. Sin embargo hay una región en particular que Hitler considera estratégica y no quiere ceder al control del “incapaz” aliado italiano. Es el llamado “Litoral Adriático” (Adriatisches Kustenland), el territorio que iba desde Ljubljana, actual capital eslovena, hasta Udine, en Italia, por un lado y, hacia el sur, comprendía toda la península de Istria. Al centro de este territorio, Trieste, la ciudad puerto del Imperio Asburgico, la ciudad de los miles idiomas, la ciudad cosmopolita que Mussolini trato de hacer italiana sin lograrlo, pues en Trieste, hasta la fecha, decenas son los idiomas que se hablan, decenas son las religiones que se profesan. En Trieste, Hitler quiere su mando central de la región. El problema para los alemanes ahora es limpiar la región de la presencia de los partigiani [1] y de los que considera su enemigo natural: judíos, gitános, minorías slavas y todos los italianos que traicionaron la causa nazi.
Es por eso que escoge un lugar y ahí funda el único campo de exterminio que hubo en Italia, en el cual encontraron la muerte en su horno al menos 5,000 personas en tan sólo un año (el horno se inaugura el 4 de abril de 1944, la ciudad se libera el 29 de abril de 1945). Además de la eliminación física, el espacio fue lugar de tránsito y de reordenamiento de las miles de personas que eran capturadas y luego enviadas a otros campos. El último viaje de deportación salió de Trieste rumbo a Bergen Belsen el 24 de febrero de 1945.
La Risiera di San Sabba debe su nombre a la original destinación de los edificios que la componen[2] y al barrio en el cual se encuentra, San Sabba, zona en ese entonces marginal de la ciudad, hoy englobada por la expansión urbana. El lugar hoy está rodeado por unidades habitacionales y el estadio de fútbol del equipo local, sin embargo no ha perdido su característico verticismo que lo hace, a los sabedores de la historia, tétrico en su imponencia.
En 1965, el entonces Presidente de la República, declara el lugar Monumento Nacional, “por su relevante interés histórico y político”. Desde ese entonces el lugar se puede visitar y en él se llevan a cabo cada año las celebraciones del Día de la Liberación (el 25 de abril) y, desde el año 2000, el Día de la Memoria.
Pero no sólo es monumento, sino que también se ha convertido en museo viviente de las atrocidades cometidas por los nazis y sus colaboradores italianos, en el territorio de Trieste.

Un edificio, el central, alto seis pisos, rodeados por otros tres más pequeños. El edificio central hoy conserva el aspecto de los que fueron los cuartos de la milicia nazi que ahí se hospedaba. A un costado del enorme edificio, en lado occidental del mismo, sigue la marca de lo que era el horno[3] en el cual encontraron muerte miles de personas. Del mismo lado queda parte del patio que hoy está encerrado por un alto muro de cemento que lo separa de la calle. Frente a lo que queda del horno y contra el muro, encontramos una escultura en hierro representante el humo que salía de la chimenea que ahí se encontraba. Del lado opuesto, el lado oriental del edificio principal, hay otro patio, hoy adornado con árboles. A la izquierda de dicho patio se encuentra hoy la entrada al monumento. Un pasillo entre dos altas paredes de cemento conduce por cincuenta largos metros al lado izquierdo del edificio central. Inmediatamente a la derecha, encontramos la llamada “celda de la muerte”, ahí en donde eran custodiados lo destinados al horno. Un lugar horrible, sin luz ni aire. La sensación al entrar es la fría presencia de la muerte que ahí conocía sus victimas aún con el calor de los sueños de la vida que se iba a acabar de forma tan abrupta. Continúa a la derecha un edificio de dos pisos: la planta baja era la celda más grande en donde encontraban descanso los prisioneros, antes de ser repartidos en las 17 celdas, del piso de arriba, o en las cárceles de la ciudad.

El complejo de edificios ocupará poco más de ciento cincuenta metros de longitud. Es tan pequeño que a un primer vistazo resulta difícil creer haya podido contener tanta tragedia, tanta maldad, tanta científica estupidez de la humanidad para permitir que esto sucediera. Por suerte ahí está, para que los que lo visiten conozcan hasta qué límite llega la conciencia humana, para que los que pasen en frente sientan ese aire gélido que sale con fuerza del pasillo de entrada, para que los que lo vean desde el transporte público que pasa a un lado sepan que eso puede repetirse, con tan sólo dejar que la injusticia y la prepotencia se apodere de las relaciones humanas.
Ahí está la Risiera di San Sabba a recordarle a los italianos que los alemanes no fueron los únicos en tener el mal en su casa. Ahí está para que ustedes, los que nos leemos, también sepan lo que Trieste, la ciudad de Maximiliano de Austria, tuvo algún día en su larga historia.

Matteo Dean (2006), favor de mencionar al autor

[1] Así se llamaban los que, de forma organizada alrededor del Comité de Liberación Nacional (CLN), lucharon en contra de la ocupación nazi. Comprendía comunistas en su mayoría, pero numerosos eran también miembros del sector católico y liberal.
[2] Riso en italiano significa arroz; la risiera es el lugar de limpia del arroz.
[3] Los alemanes, en su fuga, lo tumbaron con explosivos en la noche entre 28 y 29 de abril de 1945.