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Kosovo: el nexo gobierno y crimen

4 febbraio 2011 Lascia un commento
El presente articulo fue publicado en el semanario mexicano Proceso, el día 4 de febrero de 2011.
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Dick Marty

MÉXICO, D.F., 4 de febrero (apro).- En 1999, durante el conflicto entre las tropas de Serbia y el Ejército de Liberación de Kosovo (UCK, por sus siglas en albanés) –apoyado militarmente por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)–, y tras el fin de las hostilidades decretado el 12 de junio de ese año, los jefes militares de la guerrilla kosovara habrían sido responsables de detenciones arbitrarias, torturas y desapariciones.

Además, paulatinamente habrían construido una red de tráfico ilegal de órganos junto a los grupos del crimen organizado, presentes tanto en Kosovo como en Albania. Lo anterior fue denunciado por el senador suizo Dick Marty en su informe “Tratos inhumanos y tráfico de órganos en Kosovo”, auspiciado por la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa (APCE) el 16 de diciembre pasado.
En el reporte, Marty señala las responsabilidades de los miembros del UCK en la comisión y ejecución de un sinnúmero de “crímenes”, perpetrados inclusive desde el país confinante y políticamente afín, Albania.
En particular, indica como mayor responsable al llamado “Grupo de Drenica” (localidad kosovara), guiado por el actual primer ministro kosovaro Hashim Taqui. La acusación formulada por el senador suizo y asumida por la APCE llegó sólo cuatro días después de que se realizaran las primeras elecciones políticas en Kosovo, tras la declaración de independencia de febrero de 2008. En medio de acusaciones de fraudes e irregularidades, justamente Hashim Taqui, el exguerrillero y figura prominente del UCK, hoy líder del Partido Democrático de Kosovo (PDK), ganó las elecciones.
Según analistas internacionales, el reporte de Marty pone en entredicho lo que sería el primer gobierno electo de Kosovo. Mientras tanto, en el país balcánico como en Albania, las autoridades niegan las versiones asentadas en el documento europeo y acusan al senador y a sectores críticos de querer “enlodar la reputación de Kosovo”.
El nexo
La investigación realizada por Dick Marty fue instruida por la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa tras conocer los contenidos de las memoria de la exfiscal general del Tribunal Penal Internacional por la Ex-Yugoslavia (TPIY), Carla Del Ponte. Luego de  terminar su mandato en el TPIY, la hoy embajadora de Suiza en Argentina escribió una memoria titulada “La Caza, yo y los criminales de guerra”, en la que relata su trabajo al frente de la fiscalía internacional, misma que ha llevado a la detención del expresidente serbio Slobodan Milosevic, entre otros.
En el texto, publicado en 2008, Del Ponte denunciaba además la existencia de un tráfico ilegal e internacional de órganos humanos, mismo que se originaría justamente en Kosovo. La Unión Europea, a través del Consejo Europeo, instruyó a Dick Marty para que realizara una investigación con el propósito de comprobar lo dicho por la exfiscal y “tener una mirada más cercana de los presuntas violaciones a los derechos humanos cometidos en Kosovo”.
El senador suizo, también conocido por las investigaciones realizadas en 2007 sobre las cárceles ilegales de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos en Europa, afirma que si bien “los crímenes de guerra de los serbios –durante el conflicto en ex Yugoslavia– han sido muy bien documentados”, los cometidos por las tropas irregulares del UCK “han sido omitidos”.
Su informe apunta: “La visión que se tuvo en Kosovo (por parte de los países occidentales) fue de muy corto plazo: restaurar el orden (después del conflicto) tan rápido como fuera posible para evitar cualquier factor que pudiera vulnerar la frágil estabilidad de la región”. Para eso “los actores internacionales cerraron un ojo acerca de los crímenes de guerra cometidos por el UCK”. El resultado “fue una forma especial de justicia que sólo se puede definir como selectiva, con grados elevados de impunidad”.
El “Grupo de Drenica”
Hashim Taqui

Gracias a testimonios directos tanto de víctimas como de exmiembros del UCK y “cientos de documentos” –algunos de ellos de inteligencia–,  Marty y su equipo reconstruyeron episodios, rastrearon lugares y finalmente encontraron responsables de lo que califican de “actos criminales” durante el conflicto, y de la creación de “redes cercanas a los líderes del exUCK y a las grandes organizaciones criminales internacionales”.

A pesar de la visión generalizada y “promovida por la comunidad internacional” de que el UCK “luchaba en contra de la opresión serbia”, los líderes del grupo armado –“y sus familias/clanes”– tuvieron una “estrategia mucho más compleja” que sirvió para “hacerse del poder, controlar el territorio” y “hacerse del control de ciertos recursos como petróleo y del sector construcción”.
Entre las muchas facciones –“clanes”, según el reporte– internas del  UCK, Marty destacó la existencia de “un pequeño pero muy poderoso grupo que se autodenomina ‘Grupo de Drenica’”, liderado por el excomandante del UCK y recién electo primer ministro Hashim Taqui. Según el senador suizo, dicho grupo “construyó un formidable poder, basado en empresas del crimen organizado, que fue prosperando tanto en Kosovo como en Albania”.
Sostiene que Taqui “sin duda debe su escalada al poder” al apoyo y reconocimiento otorgado por las potencia occidentales, en específico el del gobierno de Estados Unidos. Este “apoyo incondicional” convirtió al líder kosovaro en un “personaje que cree ser intocable”. Además, Taqui pudo contar con el “apoyo operativo y la complicidad no sólo de las instituciones formales de Albania, sino también de los servicio secretos albaneses y de la poderosa mafia de aquel país”.
A pesar de los “numerosos reportes de los servicios de inteligencia de Alemania, Italia, Inglaterra y Grecia”, y de la misma agencia antidroga de Estados Unidos (DEA), que señalan a Taqui como “el responsable de tráficos ilícitos en la región”, nunca ningún “actor internacional quiso intervenir en su contra”. Según Marty, a esta situación se añadió “la eliminación de adversarios y la intimidación de posibles testigos”, lo que garantizó su impunidad.
Crímenes
El informe presentado el pasado 16 de diciembre detalla la existencia de decenas de centros de detención clandestinos, en donde miembros del UCK y del Grupo de Drenica aseguraban “tanto a serbios como a supuestos colaboradores del enemigo” en “condiciones inhumanas”. La tortura, según el relator suizo, “era la norma”. El reporte destaca la existencia de “al menos 6 mil desaparecidos durante el periodo del conflicto”. Con datos de la Cruz Roja Internacional, Marty explica que de esa cifra, “mil 400 personas fueron encontradas vivas, los cuerpos de otras 2 mil 500 se identificaron en numerosas fosas comunes”, mientras el restante “permanece desaparecido”.
Según testimonios directos de muchos sobrevivientes,  los detenidos en los campos del UCK”, “eran seleccionados tras exhaustivas visitas médicas realizadas por gente que se hacía llamar ‘doctores’” y llevados a Fushë-Krujë. El informe señala que “muchos de los ‘seleccionados’ entendían cuál iba a ser su destino final (…) y suplicaban a sus captores que ‘no los hicieran pedazos’”. Otros testimonios afirman que los miembros del UCK “eliminaban a sus víctimas con un tiro en la cabeza antes de comenzar la extracción de sus órganos”.
Además, Marty y su equipo tuvieron conocimiento de que el principal “negocio” consistía en “extracción y tráfico de riñones”. La dimensión práctica del negocio del tráfico “era sencilla”, señala.
“Los detenidos eran llevados a Fushë-Krujë, donde los encerraban en unas casa de seguridad. Cuando se confirmaba la cirugía, el detenido era llevado afuera de la casa de seguridad y ejecutado sumariamente”. De ahí, el cuerpo era llevado a un espacio llamado “la clínica”, donde se le extraían los órganos.
Fuentes de Marty explicaron la elección de la localidad albanesa: “El lugar fue escogido sobre la base de su proximidad con el aeropuerto de Tirana” (la capital de Albania). Estas condiciones, finaliza, permitían las llegadas de “visitantes extranjeros” y la “salida rápida” de los órganos hacia el extranjero.

La Risiera de San Sabba

13 dicembre 2009 Lascia un commento

El presente artículo fue publicado en La Jornada Semanal, suplemento dominical del periodico mexicano La Jornada , el día 13 de diciembre de 2009
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“¡Ya basta!”, grita un hombre desde el fondo. El grito es tan fuerte y tan digno, que la bola de personas frente a él y que le impiden la vista, se voltea en grupo. El orador, el alcalde de esta triste Trieste se mantiene firme, pero calla por no tener ya público. Es el 27 de enero de 2006, el llamado Día de la Memoria. El gobierno de derecha lo acaba de instituir en honor a todos los muertos que, con su vida, pelearon para que no hubiera más muerte del orden científico impuesto por los nazis en los años treinta y cuarenta.

“¡Ya basta!”, grita el viejito, apoyado en su bastón. “Ya basta de babosadas, los muertos no son iguales, quien peleó para la liberación y en contra del fascismo, fuera italiano o alemán, ha luchado toda su vida. Desde antes que algunos decidieran impedir la barbarie. Es fácil ahora decir que hubo fascistas que se opusieron a la matanza nazi, ¿pero dónde andaban cuando Mussolini ordenó las leyes raciales en 1938? ¿Qué hacían cuando empezaban a deportar gente a Alemania? ¿Qué pensaban cuando los eslovenos y croatas eran discriminados? ¿Eh?”

La voz del hombre cae como una repentina helada sobre las buenas conciencias que hoy se reúnen en este triste lugar, con la historia más triste y oscura de Trieste. El alcalde, del partido de derecha, apoyado por los partidos herederos directos del Partido Nacional Fascista, tiembla. Quería que pasara el mensaje clave de la política de esta ciudad: la muerte los hace a todos iguales. Los muertos defendiendo la caída del fascismo y los muertos para liberar Italia y Trieste de los nazis. “No –dice el hombre– aquí se murió de un solo lado.”

En 1943, el entonces gobierno italiano, involucrado en la segunda guerra mundial al lado de la Alemania de Hitler, decide retirar el cargo a Mussolini, lo acusa de haber metido a Italia en una tragedia, lo encarcela y, al cabo de un par de meses, el 8 de septiembre, anuncia la firma del armisticio con los aliados angloamericanos. El gobierno se escapa al sur del país, ahí en donde los aliados ya están presentes. Es el fin de la guerra para Italia pero no para los italianos, pues de Roma hacia el norte el país se encuentra ya sin un gobierno. En el transcurso del mes de septiembre, todo el norte italiano es invadido por las fuerzas de Hitler. La mayor parte del territorio es dado al nuevo gobierno de Mussolini –que los alemanes liberan. Sin embargo, hay una región en particular que Hitler considera estratégica y no quiere ceder al control del “incapaz” aliado italiano. Es el llamado “Litoral Adriático” (Adriatisches Kustenland), el territorio que iba desde Ljubljana, actual capital eslovena, hasta Udine, en Italia, por un lado y, hacia el sur, comprendía toda la península de Istria. Al centro de este territorio, Trieste, la ciudad puerto del Imperio Asbúrgico, la ciudad de los miles de idiomas, la ciudad cosmopolita que Mussolini trató de hacer italiana sin lograrlo, pues en Trieste, hasta la fecha, decenas son los idiomas que se hablan, decenas son las religiones que se profesan. En Trieste, Hitler quiere su mando central de la región. El problema para los alemanes ahora es limpiar la región de la presencia de los partisanos y de los que considera su enemigo natural: judíos, gitanos, minorías eslavas y todos los italianos que traicionaron la causa nazi.

Es por eso que escoge un lugar y ahí funda el único campo de exterminio que hubo en Italia, en cuyo horno encontraron la muerte al menos 5 mil personas en sólo un año (el horno se inaugura el 4 de abril de 1944, la ciudad se libera el 29 de abril de 1945). Además de la eliminación física, el espacio fue lugar de tránsito y de reordenamiento de las miles de personas que eran capturadas y luego enviadas a otros campos. El último viaje de deportación salió de Trieste rumbo a Bergen Belsen el 24 de febrero de 1945.

La Risiera di San Sabba debe su nombre a la original destinación de los edificios que la componen (“riso”, en italiano, significa “arroz”) y al barrio en el cual se encuentra, San Sabba, zona en ese entonces marginal de la ciudad, ahora englobada por la expansión urbana. Hoy el lugar está rodeado por unidades habitacionales y el estadio de futbol del equipo local; sin embargo, no ha perdido su característico verticalismo que lo hace, a los sabedores de la historia, tétrico en su imponente estructura.

En 1965, el entonces presidente de la República declara el lugar Monumento Nacional, “por su relevante interés histórico y político”. Desde ese entonces el lugar se puede visitar y en él se llevan a cabo cada año las celebraciones del Día de la Liberación (el 25 de abril) y, desde 2000, el Día de la Memoria. Pero no sólo es monumento, sino que también se ha convertido en museo viviente de las atrocidades cometidas por los nazis y sus colaboradores italianos en el territorio de Trieste.

Un edificio, el central, de seis pisos, rodeado por otros tres más pequeños. El edificio central hoy con serva el aspecto de los que fueron los cuartos de la milicia nazi que ahí se hospedaba. A un costado del enorme edificio, en el lado occidental del mismo, sigue la marca de lo que era el horno (los alemanes, en su fuga, lo tumbaron con explosivos la noche entre el 28 y 29 de abril de 1945), en el cual hallaron la muerte miles de personas. Del mismo lado queda parte del patio que hoy está encerrado por un alto muro de cemento que lo separa de la calle. Frente a lo que queda del horno y contra el muro, encontramos una escultura en hierro que representa al humo que salía de la chimenea que ahí se encontraba. Del lado opuesto, el lado oriental del edificio principal, hay otro patio, hoy adornado con árboles. A la izquierda de dicho patio se encuentra ahora la entrada al monumento. Un pasillo entre dos altas paredes de cemento conduce por cincuenta largos metros al lado izquierdo del edificio central. Inmediatamente a la derecha encontramos la llamada “celda de la muerte”, ahí en donde eran custodiados los destinados al horno. Un lugar horrible, sin luz ni aire. La sensación al entrar es la fría presencia de la muerte que ahí conocía sus víctimas, cuando éstas aún tenían el calor de los sueños de la vida que se iba a acabar de forma tan abrupta. Continúa a la derecha un edificio de dos pisos: la planta baja era la celda más grande en donde encontraban descanso los prisioneros, antes de ser repartidos en las diecisiete celdas del piso de arriba, o en las cárceles de la ciudad .

El complejo de edificios ocupa poco más de ciento cincuenta metros de longitud. Es tan pequeño que a un primer vistazo resulta difícil creer que haya podido contener tanta tragedia, tanta maldad, tanta cientí fica estupidez de la humanidad para permitir que esto sucediera. Por suerte ahí está, para que quienes lo visiten conozcan hasta qué límite llega la conciencia humana, para que quienes pasen enfrente sientan ese aire gélido que sale con fuerza del pasillo de entrada, para que quienes lo vean desde el transporte público que pasa a un lado sepan que eso puede repetirse, con tan sólo dejar que la injusticia y la prepotencia se apodere una vez más de las relaciones humanas.

Ahí está la Risiera di San Sabba, para recordarle a los italianos que los alemanes no fueron los únicos en tener el mal en casa. Ahí está para que ustedes, los que nos leemos, también sepan lo que Trieste, la ciudad de Maximiliano de Austria, tuvo algún día en su larga historia.

Trieste, ciudad multietnica

13 dicembre 2009 Lascia un commento

El presente artículo fue publicado en La Jornada Semanal, suplemento dominical del periodico mexicano La Jornada , el día 13 de diciembre de 2009
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El pasado 5 de noviembre se celebraron los cincuenta y cinco años del llamado “regreso” de Trieste a Italia. Ubicada en la delicada fron-tera oriental de la península italiana, Trieste representa hoy el punto de encuentro inevitable entre Europa occidental y los Balcanes. Y es ahí, en ese encuentro, que Trieste tiene incrustada su historia y sus conflictos, pero también sus sueños frustrados.

Luego de entregarse, por decisión unánime del gobierno del “Libre común de Trieste”, al gobierno de Viena en 1382, Trieste vio un crecimiento constante bajo el impulso de los gobiernos de los emperadores que se sucedieron a la guía del imperio de Austria. Importante fue la obra de la emperatriz María Teresa, primera mujer en dirigir al incipiente imperio, que bonificó amplias áreas de la ciudad dejadas al abandono, hizo del puerto de Trieste un “puerto franco”, abrió espacios importantes a la cultura y a las artes y, junto al Edicto de Tolerancia, proclamado en 1781 por su sucesor, el iluminado emperador José ii , transformó a la ciudad de Trieste en un importante centro comercial, cultural y político. Particularmente importante resultó ser dicho Edicto, pues fue a partir de este evento que Trieste se convirtió en una ciudad más tolerante, en la que aún hoy sobreviven iglesias y templos de distintas religiones. Es de esta manera, y gracias a otras medidas que favorecieron ya en el siglo XIX la acogida para los perseguidos políticos de otros territorios, que Trieste se convirtió rápidamente en una ciudad abierta, multiétnica y en la que los idiomas hablados, más allá del oficialista alemán y el más común italiano, comprendieron el esloveno, el croata, el español, el inglés, el árabe. Es en este contexto que, desde el espléndido Castillo de Miramar zarpó, en 1864, el archiduque Maximiliano para llegar hasta México, en donde encontró la muerte en 1867 a manos de las tropas de Benito Juárez.

Hoy la ciudad de Trieste, rodeada al sur y al oriente por los territorios de Eslovenia, tiene su puerto apuntando inexorablemente hacia el norte. Desde la plaza central de la ciudad, Plaza Unidad de Italia, la más grande plaza europea con vista al mar, se puede observar la silueta blanca del antiguo Castillo de Miramar, tras el cual sigue la costa que queda a la derecha del panorama. Al frente, el mar, el Golfo de Trieste, que termina pocas decenas de kilómetros más adelante. De ahí una amplia llanura rodeada a su vez por el principio de los Alpes. Es así que, en un día despejado (fácil de conseguir gracias al viento Bora que caracteriza esta ciudad), no es difícil alcanzar a ver, manteniendo atrás los antiguos palacio s austriacos, el puerto, luego el mar y finalmente los Alpes, blanqueados en las cumbres por la nieve permanente que las puebla.

En un escenario casi idílico –y que suena así, aunque las contradicciones nunca han faltado– terminó el siglo XIX y con él comenzaron las discordias, que luego fueron confrontaciones, enfrentamientos y finalmente choque abierto entre las decenas de almas que poblaban la ciudad. De manera especial, en el contexto de un constante alejamiento entre los antiguos aliados, Italia y Austria, la comunidad italiana comenzó a alimentar lo que hoy se conoce como el “irredentismo” –palabra no traducible–, es decir el movimiento que reivindicaba la “italianización” de la ciudad de Trieste y otros territorios poblados en su mayoría por italianos, pero que aún se encontraban bajo el gobierno austriaco. El origen del movimiento irredentista italiano tenía su contexto en un movimiento más amplio, que la historiografía define como Risorgimento, y que, entre 1848 y 1870, produjo la Unidad de Italia tras la “liberación” de amplios territorios de la península antes en manos de los gobiernos de Austria, de España, de Francia y del Papa. Fue ese un movimiento de origen “romántico”, en el que el concepto de Nación nada tenía que ver con lo que se convirtió esa palabra en el siglo XX. Un movimiento político, sin duda, pero también cultural y filosófico que, al menos en sus pensadores más finos, buscaba simplemente la unidad de todos los territorios cultural e históricamente afines.

La historia lo demuestra y hasta las mejores intenciones son víctimas de la realpolitik. Fue así que el movimiento irredentista en Trieste no tardó en transformarse en un movimiento nacionalista y, tras protestas, atentados, conspiraciones, hechos violentos y no, logró poner en entredicho al gobierno austriaco. La realidad de esa lucha, que en su momento asumió los tonos de una verdadera “lucha de liberación”, es poco conocida o quizás ha sido injustamente tratada sólo por la historiografía de la derecha política, que aún hoy reivindica a sus mártires. Sin embargo, al menos un ejemplo hay que rescatar de entre quienes participaron y nunca tuvieron una visión excluyente de la movilización. Es el caso del escritor triestino Aron Hector Schmitz, quien, para dar testimonio de su visión adoptó, justamente en ese período tan tenso políticamente, el seudónimo de Italo Svevo, resumiendo en su nombre tanto la identidad italiana como la alemana. Raro ejemplo aquel; tan raro que al autor de Trieste se le recuerda más por sus excelentes obras literarias, como lo fueron La conciencia de Zeno y Senilidad, que por su empeño cívico.

En el altiplano que rodea la ciudad de Trieste y en los pocos kilómetros antes de llegar a la frontera con Eslovenia –misma que fue parte de la “cortina de hierro” que separaba el Occidente capitalista del comunismo, y que hoy sólo es un viejo recuerdo acostado en el territorio de la Unión Europea– la mayoría de la población es de origen esloveno. En una de las muchas cantinas típicas de estas zonas, las osmizas, aún aparece colgado un original de la comunicación emitida por el emperador austriaco Francisco José, en 1915. Ahí, el emperador señala a los italianos como a unos traidores, por haber entrado en la primera guerra mundial al lado de Inglaterra, traicionando la “vieja amistad” y, más concretamente, la Triplice Alianza. El acuerdo que orilla a Italia a participar en la guerra, tras un año de indecisión y debate parlamentario, fue precisamente la promesa, por la parte inglesa, de que, en caso de victoria, Trieste y los territorios limítrofes habrían sido italianos. El éxito de aquella guerra es conocido, y efectivamente Trieste y sus territorios terminaron en manos del gobierno italiano.

Con la asunción del poder por parte de Benito Mussolini, en 1922, la ciudad de Trieste se convirtió en el teatro principal del llamado “fascismo de frontera”, es decir la política fascista en los territorios orientales, en su mayoría –con excepción justamente de Trieste y de las ciudades de la costa más al sur– pobladas por eslovenos y croatas: italianización forzada de los nombres de la población, exclusión de los puestos públicos, acoso y persecución de la población no italiana, etcétera. En efecto, la historia habla de Trieste como del centro neurálgico de los cientos de acciones que de aquí se lanzaban territorio adentro, a perseguir tanto a opositores como a simples ciudadanos cuya única culpa era la de no ser italianos. Veinte años de fascismo que costaron miles de vidas, mucha violencia y mucha represión. Entre los personajes víctimas de la represión fascista en Trieste, vale la pena mencionar al comunista Vittorio Vidali, exponente de primer nivel del Comintern, y luego protagonista de varios episodios oscuros sucedidos lo mismo en Italia que durante la Guerra civil en España e incluso en México, pues las voces de muchos historiadores vinculan Vidali con la muerte de Julio Mella y del mismo Trotsky.

Es en este contexto que comienza una de las etapas más oscuras de esta ciudad, es decir, el período que va del 8 de septiembre de 1943 (fecha en que Italia firma el armisticio con los Aliados) hasta el celebrado 5 de noviembre de 1954. Abandonada por las tropas italianas, la ciudad es invadida a las pocas semanas por las tropas del ejército alemán. El gobierno alemán decidió instaurar en la ciudad el llamado Operationszone Adriatisches Küstenland, es decir, el mando alemán para las operaciones en el alto Adriático, el mar colindante de Italia, Eslovenia y Croacia. Además, el comando alemán estableció, en la que era la periferia de la ciudad, el único campo de concentración en territorio italiano. En la vieja fábrica de arroz, la Risiera de San Sabba, el ejército nazi levantó un pequeño campo para prisioneros. Característico de este campo, sin embargo, no fue el números de detenidos –relativamente pequeño– sino el importante número de ejecutados: la Risiera , en efecto, fue también el único campo de exterminio nazi fuera del territorio alemán. Aún hoy, a pesar de la demolición decidida a último minuto por las tropas nazis que escapaban, las marcas del antiguo horno siguen evidentes: ahí al menos trescientas personas encontraron la muerte. Los demás fueron deportados a campos muchos más conocidos, como Auschwitz-Birkenau y Dachau.

Tras la derrota militar, el 1 de mayo de 1945, las tropas alemanas abandonaban la ciudad. Y comenzaba, por el norte y por el sur, la falsamente llamada “carrera por Trieste”. Al sur, las tropas partisanas del mariscal Tito querían conquistar la ciudad, igualmente reivindicada por los yugoslavos. Más al norte, llegaban las tropas de Nueva Zelanda, que tenían la orden precisa de conquistar Trieste antes de que lo hicieran los comunistas de Tito. Sin embargo, las tropas yugoslavas llegaron primero y durante un mes ocuparon la ciudad. Fue hasta junio de ese año que los Aliados lograron convencer a Tito de retirarse de la ciudad, dejando el poder a un gobierno provisional aliado, y a comenzar las pláticas acerca del futuro de Trieste. Tras amplias negociaciones, en 1947, las partes involucradas decidieron: el territorio de Trieste y sus alrededores se dividía en dos partes. Trieste y sus territorios más cercanos formarían parte de la llamada Zona a , bajo un gobierno aliado, nombrado por la ONU; el territorio más al sur, también parte del contencioso, se transformaría en la llamada Zona b , bajo el mando provisional del gobierno yugoslavo. Las dos zonas, juntas, se llamarían Territorio Libre de Trieste (TLT).

Mientras en Italia se escogía la República en contra de la Monarquía (2 de junio de 1946), en Europa se definía el futuro equilibrio político y territorial, y en Yugoslavia se daba la ruptura entre Tito y Stalin acerca del futuro del comunismo mundial, Trieste seguía su doloroso camino hacia un futuro del que no se vislumbraba rasgo alguno. Durante casi una década, la mayoría italiana en la ciudad instrumentó protestas y movilizaciones no sólo para salir del limbo al que los ganadores de la guerra habían condenado a la ciudad, sino para que Trieste, a pesar de la derrota militar, regresara a ser italiana. Y a pesar de la importantes y contradictorias experiencias de los italianos de Trieste adscritos tanto al Partido Comunista Italiano como al Yugoslavo, así como a experiencias libertarias locales que pregonaban la creación de un territorio libre y autónomo en la ciudad, reivindicando la tradición multiétnica de ese territorio, la historiografía de la ciudad hoy en día no ayuda mucho a entender la real potencialidad que tuvo Trieste en ese período de su historia. Por desgracia, o simplemente por ineptitud, desde ese entonces la historia de la ciudad ha sido y sigue siendo prerrogativa de la derecha reaccionaria, esa misma derecha que desde la llegada del fascismo ha tratado de borrar cualquier identidad no italiana presente en el territorio. Ya sea por olvido, pero aún más por la embarazosa admisión de los excesos por la parte “comunista”, tanto de la facción más cercana a la línea dictada en Moscú como de la facción adherente a la línea de Tito, la historiografía de izquierda siempre ha preferido omitir la tragedia de las fóibas –las fosas comunes en donde encontraron la muerte algunos cientos de italianos durante la ocupación yugoslava– así como los crímenes del régimen fascista en todo el territorio de Trieste. Una sombra que pesa y que aún hoy es objeto de polémica y de silencios cargados de responsabilidad.

Es así que a partir del 5 de noviembre de 1954, Trieste, la última ciudad en ser italiana y uno de los últimos territorios cuyo destino fuera decidido tras la segunda guerra mundial, ha sido teatro de las disputas entre el gobierno italiano, localmente representado por la derecha reaccionaria, directamente heredera del fascismo de frontera, y la comunidad eslava (eslovenos y croatas, en su mayoría). Una disputa impar y que no ha escatimado violencia, agresiones y represión. Quizás sólo hoy, con la caída de la frontera debido a la presencia de Eslovenia en la Unión Europea y aun después de cinco décadas de gobierno italiano, se puede pensar en restablecer los antiguos sueños de una convivencia civil entre nacionalidades, culturas e idiomas distintos. Quizás sólo hoy Trieste tiene la posibilidad de dar cabida plena a la ciudad mitteleuropea pregonada por otros de sus grandes intelectuales, Claudio Magris.

La otra cara de la caída del Muro de Berlín

6 novembre 2009 Lascia un commento

El presente articulo fue publicado en el semanario mexicano Proceso, el día 6 de octubre de 2009.
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Veinte años después de la caída del Muro de Berlín, Occidente festeja la democratización de los países de Europa del este. Sin embargo, las naciones de la antigua Yugoslavia, tienen poco que celebrar: 1989 significó para ellas el inicio de un conflicto bélico cuyas consecuencias aún padecen.
“1989 es más un momento para reflexionar acerca de lo que no se hizo y de lo se perdió en el desarrollo político, económico y social con respecto a la Europa Central”, dice Luka Zanoni, jefe de redacción de Observatorio de los Balcanes, organización civil italiana que da seguimiento a la situación en esta región,
Mientras para muchos países como Polonia, Hungría y Checoslovaquia, la caída del Muro de Berlín representa “un momento de gran cambio hacia la democracia (…), para la Yugoslavia ese año coincide con el inicio de su cruento final”, dice Zanoni en entrevista telefónica con el reportero.
Con una disidencia interna debilitada frente al creciente nacionalismo fomentado desde el poder, sin la atención mediática internacional y perdido su papel de fiel de la balanza en la disputa entre Este y Oeste, Yugoslavia se dirigía hacia la guerra fratricida, misma que “muy poca gente pensaba podía suceder, menos con tal grado de violencia”.
Pero “el largo 89 de la Yugoslavia” aún no termina. Después de la caída del muro en Berlín, la Unión Europea levantó otro muro que actualmente rodea a la región: la frontera de Shengen.

La caída hacia el nacionalismo

Según Zanoni, en 1989 había todos los elementos para que explotara la crisis en Yugoslavia. Con la súbita muerte del mariscal Josif Broz, alias Tito, el 4 de mayo de 1980, “la región siguió su curso aprovechando su floreciente economía”.
Sin embargo, el antiguo régimen dibujado por Tito fue blanco de las acusaciones cuando, a partir de la mitad de los años 80, “una fuerte crisis económica golpeó a todo el país”.
Zanoni explica que a diferencia de otros países del este europeo, “en Yugoslavia son pocos los intelectuales que se opusieron a las crecientes olas nacionalistas en la región (…) A mitad de los 80 Milosevic, el expresidente serbio, comenzó su ascenso al poder”.
Ciencias y las Artes de Serbia publicó un manifiesto con un fuerte tinte nacionalista y comenzó a divulgar uno de los lemas del nacionalismo serbio: ‘donde hay una tumba serbia, ahí es territorio de Serbia’”.
Al año siguiente, en 1987, “Milosevic se fue a Kosovo y comenzó a jugar esa carta, en favor de la comunidad serbia”, recuerda Zanoni.
Y cuenta que en noviembre de 1989, cuando en el mundo se festejaba la caída del Muro en la capital alemana, “en Serbia, Milosevic ya tenía en sus manos el poder, controlaba los medios de comunicación y ya había empapado a la población de su nacionalismo”.
Al mismo tiempo, continúa, “en Eslovenia, el líder Milan Kucan pregonaba la separación de la federación yugoslava, y en Croacia se fundaba secretamente al partido HDZ de Franjo Tudman”, líder de Croacia durante la guerra de década siguiente.
Así, señala Zanoni, “mientras en otros países la caída del Muro representa un gran cambio –el inicio del surgimiento de las democracias, la apertura de espacios para que las disidencias tuvieran voz–, en Yugoslavia eso no sucede”. En el país, explica el analista italiano, “estaba ya sumergido en la sopa nacionalista”. La disidencia política era muy débil. “La mayoría de los intelectuales tanto de Serbia, como de Croacia o de Eslovenia, se habían casado con las tesis nacionalistas”.
Tihomir Loza, subdirector de Transitions on Line, portal de información de la capital serbia, recordó la semana pasada que “mientras polacos y húngaros aprovechaban la repentina libertad adquirida para construir instituciones democráticas y economías de mercado, los de Yugoslavia utilizaban dicha libertad para poner en claro las cuestiones de identidad étnica y soberanía nacional”, un ámbito, según el periodista serbio, “en el que ni en la época de oro de la exYugoslavia había acuerdo”.
Zanoni señala además que Yugoslavia perdió en muy poco tiempo su papel de fiel de la balanza entre los dos bloques, el occidental y el oriental. Coincide en ello Loza quien afirma que “Yugoslavia pagó un precio en 1989 porque perdió su importancia estratégica frente a Occidente […]. Cayendo el Muro, repentinamente mitad del continente estaba al alcance del Occidente. La distancia entre Yugoslavia y Moscú, un tiempo extraordinariamente sobrevalorada y financiada por Occidente, se volvió irrelevante”.

La ocasión perdida

Veinte años después, afirma Zanoni, “es fácil ver que las condiciones para lo que sucedió después ya estaban dada en 1989”. Sin embargo, señala, “es urgente mencionar que muy poca gente creía que pudiera suceder lo que pasó”. Quizás, afirma, “sólo Milosevic creía en la guerra”.
Según el experto italiano, “muchos intelectuales de la región hoy en día admiten que la ilusión era otra: no sólo no creían se pudiera desatar una guerra tan violenta, sino que, viendo lo que sucedía en el resto de Europa, creían que la solución para los países del ex-bloque soviético era el socialismo yugoslavo”.
Explica: “Muchos creían todavía en el socialismo ‘del rostro humano’ que según existía en Yugoslavia. Y pensaron que esa era la solución para todos”.
En este sentido, aún en medio de una disidencia casi inexistente, la Asociación por la Iniciativa Democrática Yugoslava (UJDI) “fue fundada a principio de 1989 y representó durante mucho tiempo la única alternativa real al discurso oficialista y nacionalista”, dice Zanini.
Loza, exmiembro de la UJDI, apunta que “la intención de la organización era transformar a Yugoslavia en una comunidad democrática y federal (…) era trabajar para construir estructuras democráticas necesarias para la transición del país hacía una democracia parlamentaria moderna”.
Para alcanzar dichos objetivos, “eran necesarias nuevas leyes sobre la libre asociación de los ciudadanos, el sistema electoral y la libertad de expresión”.
Zanoni abunda en el análisis de la experiencia de la UJDI: “Fue el primer grupo realmente concentrado en enfrentar al monopolio del régimen y en invocar la democratización del país”.
Añade: “En 1989 esa parecía una posibilidad real, se creía que el país podía comenzar un camino parecido al de otros países del este. Se trató quizás de la última expresión histórica del yugoslavismo, ya en ese entonces cada vez menos presente en el discurso oficialista”.
Señala que también para el comunismo yugoslavo hubo algunas consecuencias a raíz de los eventos europeos de 1989: “En 1990, desapareció la Liga de los Comunistas y hubo las primeras elecciones multipartidistas”.
Sin embargo, con la caída del Muro, “en Yugoslavia también comenzaron a levantarse otros muros: los muros étnicos, y nacieron nuevas fronteras hasta ese entonces desconocidas”.
La propaganda, explica el analista, fue tan fuerte y difundida que “la ya débil sociedad civil fue desapareciendo, perseguida y encubierta por los gritos nacionalistas del poder”. Los pocos intelectuales que rechazaban al nacionalismo, “eran señalados como traidores de la patria”.
Zanoni pide considerar otro aspecto: “Mientras en Polonia existe en términos generales sólo una etnia, aquí las cosas son diferentes. Especialmente en Bosnia, donde la población estaba mezclada”. En este contexto, “lanzar la consigna ‘donde hay tumbas serbias, es territorio serbio’ es equivalente a provocar un enorme caos”.

El papel de Europa

Zanoni explica que a lo largo de los últimos 20 años se ha especulado mucho acerca del papel de Europa en la crisis yugoslava y en la guerra que ésta provocó. Sin embargo, aclara, “querer endosar a la UE responsabilidades directas acerca de este desastre sería muy atrevido, pues la UE apenas se estaba formando, no tenía instituciones sólidas en política exterior que tuvieran capacidad para frenar la descomposición en Yugoslavia”.
En este contexto, se explicaría la toma de posición autónoma de Italia, Alemania y el Vaticano que casi de inmediato reconocieron la independencia de Eslovenia y Croacia.
Según Zanoni, “claro está que hubiera sido mejor tratar de conservar la unidad yugoslava, pero los europeos estaban concentrados en otro lado: Berlín y el fin de la Guerra Fría”.
Pero después de la cruenta guerra, Zanoni comenta que “la UE sigue cometiendo algunos errores”. Explica: “Se cayó el Muro de Berlín en 1989 y poco tiempo después la UE levantó otro muro, el de Shengen”, es decir la frontera migratoria de la UE.
“Los países de los Balcanes Occidentales, es decir todos los de exYugoslavia –menos Eslovenia y más Albania– están rodeados por un cinturón de países de la UE”, describe Zanoni. Este “cinturón, si bien es un freno para evitar eventuales conflictos, encierra a la región impidiendo en los hechos la movilidad de las personas, pues la población local necesita realizar un largo trámite burocrático para conseguir visas que les permitan ingresar a la UE”.
Y aunque las perspectivas de integración a la Unión Europea existen y se refuerzan con el paso de los años, “para estos países el ‘largo 89’ aún no terminado, pues sigue viva la frustración de una revolución que representara un regreso a Europa”, dice Zanoni.
Tal regreso, “significaba la esperanza un mejor nivel de vida, aún aceptando pasivamente los paradigmas del capitalismo occidental (…) Aunque se ha demostrado que esa esperanza no es del todo cierta, la ilusión vuelve hoy a cobrar vida”.