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Policia Comunitaria en Guerrero

16 novembre 2004 Lascia un commento

Hace ya nueve años que en la región sureña de Guerrero el sistema judicial funciona. Y funciona muy bien. Según estadísticas de los propios policías, los índices delictivos han ido bajando y bajando. En los últimos nueve años- admiten- la delincuencia, que incluye robo, asalto, asesinato y violación, entre otros, ha bajado hasta un 90 por ciento. Increíble, pero cierto, ahora las miles de personas que viven en el territorio, pueden salir a carretera, de día y de noche, no importa, sin que nadie los moleste. Sin que nadie los asalte, trate de robarles lo poco que tienen. Las muchachas ya tienen la tranquilidad de saber que nadie tratará de violarlas.
“¿Y eso como está?”, se pregunta el reportero recién llegado desde el Distrito Federal. “Si sólo hace pocos meses la capital fue invadida por la marea blanca que quería la cabeza de todo responsable de seguridad pública en este país. Y aquí, en una de las zonas más pobres de México ¿ya no hay asaltos?”. ¿Posible que sea cierto? “Claro”, nos responde un indígena, “cuando las autoridades comunitarias toman el lugar de las oficiales…”.

“Una nueva forma de seguridad y justicia ciudadana”

Es el 15 de octubre. El día está soleado. Llegando a la región de la Montaña, sube la tensión. Estamos yendo a los festejos por el noveno aniversario de la creación de la Policía Comunitaria. En esta zona, además, se rumorea la presencia del EPR (Ejército Revolucionario del Pueblo), así que estamos esperando que se nos presente el enésimo retén del Ejército federal. Ya en la noche hubo algunos. No hicieron nada, solo averiguaron quienes éramos. Entrando en San Luis Acatlán, el camión se para. “¡Helo ahí! Ya nos pararon otra vez”, me advierte el joven sentado a mi lado. La puerta abre y lo primero que podemos ver es el cañón de un rifle. Tras él, un hombre con uniforme negro. La suposición de hace un momento parece encontrar confirmación. Más no. Sorprendentemente, el uniformado, seguido por cuatro colegas, sonriéndose se dirige hacia nosotros: “Buenas tardes, compañeros, ¿se dirigen a Colombia de Guadalupe?”, pregunta amable; “¿Podemos irnos con ustedes?”. Sentándose leemos en la espalda de su camiseta negra :“Policía Comunitaria, una nueva forma de seguridad y justicia”, enmarcado por un escudo que en primer momento pudo ser confundido por el de un policía estatal. Ellos son entonces. La calma regresa y la inquietud de apenas unos minutos antes, deja lugar a la curiosidad de conocer a quienes pudieron con la delincuencia, ahí donde el gobierno constitucional no pudo o no quiso.

“Más tardaban en remitirlos, cuando ya aquellos estaban libres”

“En la primera mitad de los noventa, la región asistió a un abrumador aumento de la delincuencia. Asaltos en la carretera, asesinatos, robos de todo tipo. Los caciques locales y la policía acosaban las comunidades indígenas. Nadie hacía nada. La autoridad se burlaba de nosotros. Fue así que un día decidimos reunirnos unos cuantos para discutir una posible solución. Y esa solución fue la creación de nuestra propia policía, la Comunitaria”. Quien habla lo sabe bien. Gelasio Barrera Quintero, primer comandante de su comunidad, fue, junto a Francisco Oropeza y Bruno Placido Valerio, el iniciador del proceso que hoy festeja su noveno aniversario. La casi totalidad de los caminos que colegaban los tres grandes centros de comercialización, San Luis Acatlán, Marquelia y Tlapa, eran de terracería y muy poco frecuentados: las condiciones eran ideales para los asaltos a los medios de transporte. Luego empezaron las violaciones indiscriminadas a mujeres de todas las edades. A estas condiciones, se sumó la ineficacia y la corrupción de las autoridades encargadas de impartir justicia. Cuenta Barrera Quintero: “En el pasado, antes de todo esto, las comunidades han detenido algún maleante, mas de nada servía. Más tardaban en remitirlos a la autoridad, cuando ya aquellos estaban libres. Pagando fianza o pagando al oficial en turno, los delincuentes salían luego luego y regresaban a las comunidades con ganas de cobrar venganza”. Fue así que autoridades comunitarias, cooperativas cafetaleras, entre las cuales la más importante de todas, la “Luz de la montaña”, y mestizos decidieron reunirse. Fue el 15 de octubre de 1995, en Santa Cruz del Rincón, en el Municipio de San Luis Acatlán, cuando 38 comunidades entre mixtecas, tlapanecas y mestizas, de las regiones Montaña y Costa Chica decidieron crear la Policía Comunitaria. Esta debía resguardar el territorio y sus recursos y, sobre todo, brindar seguridad al interior de las comunidades y entre estas. En los primeros años los logros fueron evidentes. Los índices de robo y asalto disminuyeron de manera importante. El objetivo se estaba cumpliendo. Poco tardaron en enfrentarse otra vez al mismo problema. En cuanto Policía Comunitaria, las comunidades optaron por actuar como coadyuvante de la autoridad judicial. Cuando detenían alguien, sorprendido in fragrante o por sospecha de algún delito, lo remitían inmediatamente ante el Ministerio Público o a la más cercana autoridad judicial de la región. Pero como antes sucedía, estas rehusaban aplicar la ley, se dejaban corromper y finalmente soltaban al consignado. Fue cuando esta situación se volvió intolerable, y en 1998, en una asamblea, fue tomada la decisión de crear la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias (CRAC). Con ella las comunidades se dieron su propio órgano de procuración de justicia. Policía Comunitaria y CRAC entraron a ser parte de la Justicia Comunitaria.

Usos y costumbres

“Tenemos un reglamento interno que fija algunas reglas, sin embargo, nosotros, los pueblos originarios, no tenemos la costumbre de escribir nuestras leyes. En esto de la Justicia Comunitaria, quienes mandan son las asambleas generales de cada comunidad, las cuales eligen los policías, un comandante y un comisario. Estos dos últimos integran la Asamblea Regional de Autoridades Comunitarias, de la cual, a su vez, se desprende la CRAC. Cuando detenemos a alguien lo remitimos con la CRAC que a su vez lo entrega a la asamblea de su propia comunidad. Entre las dos, la CRAC y la asamblea comunitaria, se dictamina la reeducación”.
Bruno Placido Valerio, iniciador del proceso y actual Director de Seguridad Pública del Municipio constitucional de San Luis Acatlán, no habla de delincuentes sino de faltantes. No habla siquiera de delito, mas de falta. Y la falta no se castiga, sino al contrario se reeduca. Al mestizo de la gran ciudad capital, le cuesta un esfuerzo interpretativo, mas no de creatividad. Porque la cosmovisión puesta en la mesa en esta región no tiene nada de fantasioso. Al contrario respeta una lógica asombrosa.
“Todos podemos equivocarnos, hasta en la manera más cruel. Las razones de porque una persona roba son de buscarse sobre todo en las condiciones económicas en las que uno vive. De la misma manera, si atrapamos a un violador, nos metemos de inmediato a investigar su familia. Muchas veces descubrimos que el origen reside en las relaciones familiares y la violencia que se da en ese ambiente. No han faltado las veces que junto al faltante, hayamos detenido a su familia. La reeducación prevé un periodo, cuya duración es decidida según la falta cometida, de trabajos comunitarios decididos por las asambleas. El detenido es resguardado por la noche y durante el día es llevado a todas las comunidades en donde haga falta. Cada comunidad colabora en darle de comer, darle el tiempo de descanso y para que se pueda lavar. Cada comunidad, además, proporciona al faltante una platica que lo ayuda a reencontrar el camino para reintegrarse a la comunidad. En todo esto nunca hay dinero de por medio. No existe fianza ni corrupción. Los mismo policías e integrantes de las estructuras no perciben ni un quinto. Todo está enfocado en la fajina, el servicio que cada miembro de la comunidad le debe a la misma. Un policía, por ejemplo, es elegido por la asamblea y sirve a la comunidad durante el tiempo decidido, que puede llegar a ser hasta de tres años”.

“Responsables de su propio destino”

El proceso de construcción de la CRAC y de la Policía Comunitaria tuvo que ser un largo camino que llevó a las comunidades de la región y los mestizos de los pueblos a tomar conciencia de sus propias capacidades.
Mario Ocampo, sacerdote de la región, es respetadísimo. Después de rendir honores a la bandera y entonar el himno nacional, el tiempo es reservado a las intervenciones desde el micrófono. Mario Ocampo es introducido por el orador de este día. Hombre sabio y respetuoso, ha ayudado a las comunidades y siempre las ha defendido.
En su intervención, recorre las razones que hicieron posible el proyecto de seguridad comunitaria: “Vimos que nos corresponde el papel de hacernos sujeto, en la búsqueda de alternativas de formas de darnos seguridad y hemos aprendido que cuando el pueblo asume un papel protagónico se hace sujeto y responsable de su destino y de su historia”.
“Cuando los pueblos cobran conciencia y entienden que las causas de los problemas no están afuera, no hay problema que no se pueda solucionar.” Y en efecto es precisamente lo que ha pasado. Los pueblos indígenas mixtecos, tlapanecos y los pueblos mestizos han entendido que unidos pueden enfrentar todo tipo de problema. “Con estas palabras yo quiero”, continúa Ocampo, “que se despierte la esperanza, la cual se construye con fundamentos, y el primero es la toma de conciencia de que seguimos con problemas…las bases para resolver los problemas son primero la organización, segundo la unidad, ya no se valen acciones aisladas, se requiere un trabajo ordenado, coordinado entre todos los sujetos…y por último que nadie se exente de su responsabilidad, todos nos impliquemos, no somos espectadores”. Un aplauso interminable saluda la intervención de Mario Ocampo.
Todo indica que estos pueblos ya no están dispuestos a aceptar instrucciones de afuera. Saben de donde vienen, saben a donde van. La autonomía, dicen, no se reclama ni se enuncia. Se ejerce. Y ellos, afirman con orgullo, tienen nueve años ejerciéndola.

“No tenemos algún temor”

La explanada de la comunidad que nos hospeda está repleta de gente. Han llegado desde varias comunidades de la región, cientos y cientos de indígenas. Finalmente se decide no hablar ningún idioma indígena. Solo castellano. Y eso porque entre el publico se encuentran decenas y decenas de personas que llegan de otros lados. Del Distrito federal, de Acapulco, de las universidades de Chilpancingo, de otras comunidades del Estado, como por ejemplo La Parota. Todos llegaron para aportar algo, sobre todo para aprender y escuchar.
El segundo día de festejos acabó con el desfile por las calles de la comunidad. En frente las autoridades del CRAC y las municipales, atrás los contingentes uniformados y armados de la Policía Comunitaria, seguidos por las organizaciones sociales de la región y de afuera. Un espectáculo. En una comunidad de pocos cientos de habitantes, ver tantas personas da una extraña sensación. Algo se está dando hoy aquí. Tal vez sea la unidad de que habla Don Mario Ocampo, tal vez sea el germen de algo que puede sentar las bases de la autonomía.
Lo cierto es que nadie se ha escondido el día de hoy. Las autoridades en frente, alzando la bandera, atrás su Policía. Preguntamos si esto de enseñar la cara, eso de redactar reportes de todas las actividades realizadas para que luego sean entregadas a las autoridades municipales, estatales federales, no trajo la respuesta que el gobierno suele dar a este tipo de experiencias: represión y hostigamiento.
“La represión la hemos sufrido, ¡como no!”, confirma Bruno Placido. “Esta es de dos tipos. Interna, porque descubrimos que los delincuentes son sobre todo de las comunidades, y externa, por la corrupción del gobierno que trata, por un lado de mandarnos gente que nos haga pleitos, y por otro nos acosa”.
En realidad admiten que la situación ha cambiado. En los últimos años la policía del Estado ya no se mete al territorio controlado por la Comunitaria. Sin embargo, caminando entre los policías comunitarios, de repente se observa la presencia de policías municipales.
“Ellos nos entrenan. Con algunos municipios tenemos buena relación, nos apoyan. Es el caso del municipio de San Luis Acatlán (en el cual gobierna Genaro Vázquez Solís, hijo de Genaro Vázquez Rojas, n.d.r.). El proceso no es confrontarse con los gobernantes…al principio sí porque creían que ser gobierno quiere decir reprimir a la gente, mas hemos aprendido que es servir…la sociedad está retomando un poder que le corresponde, como dice el art. 39 de la Constitución. Con las demás autoridades, Gobierno del Estado y Ejercito, tenemos una relación, pero no te creas, es de dientes pa’ fuera”.
El Estado ha intentado en varias ocasiones acabar con la Comunitaria. Convenciendo a los “reeducados” a denunciarlos por abuso y privación de la libertad. En estos años varias órdenes de aprensión se han librado. Varios son los integrantes del CRAC que han pisado cárcel. Mas ahora todos están libres. Cuando no pudo con la represión, el Gobierno del Estado trató de absorber la Comunitaria. Es de hace pocas semanas el último aviso: o se disuelven e integran a la policía municipal o los arrestamos. El CRAC no se asusta y rechaza la oferta. La autonomía, que no se nombra pero sí se ejerce, es lo importante. Ninguna relación con los partidos políticos, que “hasta ahora sólo han tratado de dividir las comunidades”, ni con otras organizaciones, que “respetamos pero no conocemos”. Y que no se crea que sea voluntad de aislamiento. La presencia de organizaciones sociales de la ciudad o de otras regiones confirma el contrario. Quieren relacionarse con todos, mas que haya siempre mutuo respeto.
“Ya no pedimos el reconocimiento, eso nunca nos lo van a dar”, dicen, confirmando las palabras de la Comisionada para los Pueblos Indígenas, Xochitl Gálvez, que en más de una ocasión ha subrayado la substancial ilegalidad de la Comunitaria. A pesar de ser amparados en el Convenio 169 de la OIT (Organización Internacional del Trabajo), saben que aún no hay rectificaciones en la Constitución mexicana que reconozca dicho Convenio. Ya cansados de esperar el reconocimiento jurídico de su institución, hay quienes, como Bruno Placido, corta por lo bueno, pidiendo “respeto, porque nuestra autoridad es elegida por las asambleas comunitarias, nuestra autoridad entonces es legítima”.

Las mujeres de la Comunitaria

Asistiendo al desfile de la Comunitaria, algo nos llama la atención. Ni una mujer en el contingente de las autoridades, menos entre los uniformados.
Le preguntamos a Carmen, mujer tlapaneca, integrante del CRAC, quien es una autoridad, más moral que política porque, como nos dice, “no somos muy tomadas en cuenta, pero ahí vamos, peleando para que nos escuchen”. Empezó a trabajar en el proyecto desde muy temprano, porque “cuando detienen a una mujer, pues, un hombre no puede resolver los problemas de las mujeres”. “El problema es también que las mujeres no quieren involucrarse, no hablan”, en cambio ella gira por las comunidades dando pláticas sobre la Comunitaria. “Estamos empezando a dar talleres de derechos para mujeres”. Su participación empezó tímidamente, mas hubo un episodio que la convenció a participar de lleno.
“Estaba yo en una reunión, cuando me hablan y me dicen que mi hija se había ahogado en el río,” se interrumpe, la mirada al cielo y unas lagrimas empiezan a salir. Un suspiro y otra vez la mirada firme: “Cuando fui a verla, la Judicial me acusó de descuido, me echaban toda la culpa, porque yo tengo que quedarme en la casa. Lo que pasó no me detuvo, al contrario me dio más ganas de trabajar en esto. Porque también en las comunidades hay esta actitud: la violencia intra familiar, el alcohol…las autoridades siempre están del lado del varón, pero no, no es justo. Vamos a pelear para que nos tomen en cuenta”.
No le gusta hablar del EZLN, es evidente, pero recuerda cuando la Comandanta Esther estuvo hablando en el Congreso de la Unión y admite que la lucha zapatista está abriendo espacios.

“El destino está en nuestra manos”

“Cuando el pueblo asume un papel protagónico se hace sujeto, se hace responsable de su destino”, dice Don Mario Ocampo. Y parece que las comunidades lo tienen muy presente. Bruno Placido lo confirma: “Seguridad es termino muy amplio, no es sólo delincuencia, es también nuestra seguridad alimentaria, de la educación…la seguridad no está en este sentido completamente asegurada…no implica nada más detener…la seguridad de garantizar que la economía funcione, por ejemplo”. Las cinco mesas de trabajo que se conformaron alrededor de los festejos estuvieron hablando de proyectos futuros. Se están empezando a desarrollar otros proyectos, porque “el proyecto no es solamente de policía comunitaria…existen otros horizontes, otros espacios en donde es posible hacer justicia…los proyectos productivos, etc.”. Medios de comunicación autónomos, producción de abono orgánico, etc., son el nuevo horizonte de la organización. El obstáculo, confirman, es grande. Empezando por los programas gubernamentales, como son OPORTUNIDADES y PROCAMPO, y continuando por el todavía alto índice de abandono del hogar en búsqueda de mejores opciones en el norte. Pero ahí siguen. Contra todo desprecio y burla, la Policía Comunitaria sigue su camino para encontrar una forma nueva de seguridad y justicia ciudadana.